Una contrarréplica necesaria por respeto a la verdad

El Consejo de la Nación Charrúa (Conacha) envió a Correo una larga carta para defender ese intento de reivindicación de nación que les lleva a pedir del Estado tierras y dinero en nombre de una presunta herencia de la que nadie es legatario. Basta pensar que firma su presidente, Martín Delgado Cultelli, inequívoco descendiente de españoles e italianos, para advertir que la sangre charrúa que se invoca está bastante lejos. Es difícil contestar a quien insulta, pero en todo caso la gente tiene derecho a recibir relatos serios sobre el tan explotado tema indígena, que ha dado mérito a una leyenda negra sobre el primer presidente constitucional del país y el caudillo más popular de su tiempo.

Ante todo, Rivera

Si hay un heredero de Artigas, ese es Fructuoso Rivera, privilegiado siempre con la condición de su oficial de mayor confianza. Todos sus contemporáneos, aun los más críticos y que más se enfrentaron con él, le reconocían su generosidad y el espíritu humanitario. Todos sus contemporáneos fueron más duros que él con adversarios y prisioneros y se hizo famoso por lo perdonador. Increíble es que hoy se hable de su presunta crueldad.

Más allá de esta difamación, lo que nadie puede desconocer es que, así como Artigas configura la nacionalidad, Rivera es la gran figura de la definición independiente de la república. Derrotó a Manuel Dorrego en Guayabos (1815), cuando Carlos Alvear pretendió destruir la Revolución artiguista. Fue el segundo de Artigas, quien lo distinguió como nadie. Manuel Oribe y Rufino Bauzá lo habían abandonado en 1817 y se habían marchado para ponerse a las órdenes de Buenos Aires. En 1820, cuando Artigas fue derrotado, era el único jefe que permanecía al lado del prócer; había combatido sin cesar desde 1811 hasta ese momento.

Cuando Artigas resolvió emigrar, Rivera se quedó, pactó con el enemigo vencedor, logró preservar una fuerza armada oriental —a la postre, fundamental para expulsar a los brasileños— y defendió tenazmente a los poseedores de tierra, con lo que salvó lo que quedaba de los repartos artiguistas de tierra.

En 1825, al sumarse a la Cruzada Libertadora, ofreció el apoyo imprescindible para enfrentar al Imperio de Brasil y su triunfo de Rincón es el preludio de la victoria de Sarandí. Su campaña de las Misiones, en 1828, llevó la guerra al territorio brasileño; definió de ese modo la independencia nacional frente a las ambiciones de los vecinos.

Más tarde, derrotó a Pedro Echagüe en Cagancha (1839), cuando Juan Manuel de Rosas pretendió extender su hegemonía a nuestra república, aprovechando nuestras divisiones políticas.

Fue para Artigas su hombre de mayor confianza y así lo define Lincoln Maiztegui, historiador blanco: “Por encima de sus debilidades humanas y su espíritu pragmático, tuvo siempre como norte la libertad de su patria, que defendió con Artigas contra los españoles, con [Antonio] Lavalleja contra los brasileños, solo contra los intentos porteños de dividir las tropas orientales y contra ese Rosas que pretendía, según su creencia y la de su círculo, reconstruir el virreinato platense. Heredó una fortuna y murió casi en la miseria. De enorme carisma, mujeriego empedernido y esposo gentil, sus crueldades e intransigencias fueron las de su tiempo y no es más justo enrostrárselas a él más que a Artigas u Oribe. La historia recoge su impar aporte a la génesis y consolidación del Uruguay independiente, sus legendarias dotes de guerrillero y la creación de una de las dos grandes fuerzas que hicieron el país. Ello lo convierte en el más fascinante de los caudillos orientales”.

El mundo indígena

Lo que hoy es nuestro país, según los antropólogos serios, no albergó más de tres a cuatro mil indígenas a la llegada de los españoles. La densidad demográfica era ínfima. Como dice Daniel Vidart en Uruguayos, los indígenas que habitaban esta tierra en el siglo XVI eran los minuanes o guenoas minuanes, “como actualmente se ha demostrado por los excelentes e irrefutables estudios de Diego Bracco, mientras que el grueso de los charrúas estaba situado en la otra Banda, su cuna originaria”. O sea que de “originarios”, poco.

Los charrúas vinieron a dar al este del Uruguay por las campañas militares contra ellos en Santa Fe y la mesopotamia argentina. “Se entendían desde 1680 con los portugueses de la Colonia del Santo Sacramento, contrabandeaban para ellos y hacían esclavos, que vendían a sus ocasionales socios europeos. Hay documentos fehacientes que lo prueban”, señala Vidart. Uno de los más expresivos es el informe del oficial de Blandengues José Artigas, que denuncia al virrey: “[Los charrúas] se hallan unánimes con los portugueses”, “No les roban haciendas ni menos dan muerte a ninguno de la nación referida y venden lo que roban estos charrúas en nuestras estancias a los mismos portugueses a cambio de trato de aguardiente, lienzo de algodón, tabaco, hierra y cuchillos”.

Los minuanes, en cambio, pactaron con los españoles y, por su parte, los guaraníes misioneros sostuvieron un largo enfrentamiento con los charrúas. Esos guaraníes estaban educados por los jesuitas, se habían acristianado y sedentarizado y sufrían los ataques constantes de los nómades, a quienes esa misma congregación católica intentó su conversión, sin éxito; debieron finalmente enfrentarlos con las armas. En el Combate del Yí, en 1702, ese ejército misionero derrotó a la tribu charrúa y le infligió enormes bajas. Según los jefes jesuitas, mataron a quinientos guerreros, lo que suena a mucho, pero, en todo caso, su tribu quedó muy diezmada.

Más tarde, en 1749, el gobernador de Buenos Aires, José de Andonaegui, ordenó una campaña de enfrentamiento, ante el anuncio de un asalto charrúa. Fueron diezmados y con unos trescientos sobrevivientes se fundó en Cayastá una reducción, también con poco éxito. De modo que, cuando se produjo la independencia, se pueden contar aproximadamente en seiscientos todos los charrúas que se movían entre lo que hoy es Río Grande del Sur y nuestro norte. Muchos más eran los guaraníes, que fueron quienes dieron nombre a toda nuestra toponimia (empezando por la expresión “Uruguay”). Ellos fueron llegando progresivamente y la traza indígena que existe hoy en la población uruguaya, que nadie niega, es —inequívocamente— de ese origen.

Los orientales

La mayor alianza de los charrúas fue con los portugueses, razón por cual, en 1797, se formó el cuerpo de los “Blandengues de la frontera de Montevideo” para perseguir maleantes e indígenas no integrados. El abuelo de Artigas, Juan Antonio, y luego su hijo Martín José y su nieto José Gervasio, enfrentaron reiteradamente a los charrúas. Hay abundante documentación al respecto, incluso partes militares de nuestro prócer, en que da cuenta de charrúas que mató en enfrentamientos (fechados en 1797, 1798, 1804 y 1805). Artigas actuaba simplemente como un soldado del mundo criollo constantemente agredido y en nada disminuye su memoria histórica esos episodios militares propios de la época.

Es verdad que, producida la revolución, un grupo de esos charrúas colaboró con Artigas. No se trataba de una adhesión ideológica sino simplemente de conveniencia y, por eso mismo, nunca se integraban a la fuerza oriental, acampaban separados.

Según el “charruísmo” —palabra que ha acuñado Daniel Vidart—, recordar estas historias es abrevar en una mentalidad racista y colonialista, ignorar el proceso histórico y desconocer no sólo la presencia guaraní dominante, sino la inexistente traza cultural charrúa en nuestra civilización. No queda nada. Apenas se identifican unas pocas palabras. Todos nuestros próceres, entonces, tuvieron que enfrentar a esta tribu que estaba muy disminuida, pero que había terminado como un refugio para maleantes y contrabandistas. Pese a todo, Rivera intentó un programa de pacificación, que le propuso a Lecor, pero fue Juan Antonio Lavalleja, cuando el gobierno provisorio, quien dio la orden más terminante de enfrentarlos “para no dejar a estos malvados a sus inclinaciones naturales y no conociendo freno alguno que los contenga”. Así es que le ordenó a Rivera, entonces bajo su mando, que hiciera una campaña para reducirlos y “escarmentarlos”.

Salsipuedes

Así es que, llegado ya Rivera a la Presidencia, ocurrió el encuentro de Salsipuedes, románticamente magnificado por los opositores a Rivera y transformado hoy en un mito nacional. Allí no murieron más que un puñado de charrúas (entre veinte y cuarenta, según testimonios diversos) y también hubo bajas del ejército nacional que comandaba Rivera. Allí murieron varios soldados, incluso el teniente Obes, hijo de un ministro del Gobierno. Esa operación militar había sido aprobada por el Parlamento, sin objeciones de clase alguna. A la inversa, las constantes denuncias de los vecinos de la campaña, que intentaban organizar establecimientos productivos, reclamaban la acción del Estado. Nadie pretendía la exterminación física de esos indígenas rebeldes, pero sí terminar con esas tolderías, incompatibles con un país civilizado, la vigencia de sus leyes y su mínima organización productiva. ¿Cómo podía aplicarse lo que aspiraba el prócer cuando dictó su célebre reglamento para “fomentar la campaña de la Banda Oriental y lograr la seguridad de los hacendados”? Ese fue el título y sentido de ese notable documento artiguista. Como dicen todos los historiadores que se han asomado al tema con un mínimo de objetividad, esa campaña le tocó a Rivera, como le hubiera correspondiendo a cualquier otro que ocupara el Gobierno. La libró, por otra parte, al frente de un ejército uruguayo integrado en gran parte por guaraníes o sus descendientes.

Los enfrentamientos políticos transformaron luego esta batalla de Salsipuedes en un episodio singularizado en Rivera, desconociendo todo lo anterior. Bueno es recordar que Oribe también estuvo de acuerdo con el presidente Rivera en esa campaña y que él mismo, en 1835, realizó alguna campaña contra unas pequeñas bandas de charrúas. Del mismo modo que rindió homenaje a Bernabé Rivera, cruelmente asesinado por los charrúas como venganza por Salsipuedes.

Cuando se produjo la división política entre Rivera y Oribe, aparecieron todas esas leyendas que se repiten sin mayor fundamento. Ponen incluso en boca de Vaimaca palabras que no figuraban en ninguno de los relatos anteriores, realizados por los mismos cronistas. Fueron diferencias políticas las que generaron esas atribuciones difamatorias, que Rivera negó rotundamente y que a esta altura deberían dejarse simplemente como testimonios de la pasión política.

Nación y “genocidio”

De lo dicho surge claramente que cuando la república recién nacida intentó pacificar la campaña y dar “seguridad a los hacendados”, no se estaba frente a ninguna nación, sino a pequeños remanentes de una histórica tribu que se había ido reduciendo tanto por sus choques como por las deserciones individuales que se iban produciendo. Hablar entonces de genocidio por la campaña del presidente constitucional es un error histórico y un acto de mala fe, cuando se toma en cuenta que había unanimidad en toda la sociedad criolla y que nunca se trató de la destrucción física. Como dice Daniel Vidart: “Se ha inventado una mítica Charrulandia, que tanto mal le ha hecho a las mentes ingenuas y que, al cabo, carnavaliza las antiguas y respetables culturas de aquellos valientes aborígenes”.

Desgraciadamente, se siguen repitiendo relatos de seudohistoriadores y se ignora olímpicamente el trabajo de quienes han abordado con rigor el tema, como Juan F. Salaverry, Eduardo Acosta y Lara y José Figueira y, últimamente, Oscar Padrón Favre y Diego Bracco. A lo que pueden añadirse antropólogos como el citado Vidart o Renzo Pi Ugarte. Es penoso tener que defender la figura de ese caudillo formidable que fue Fructuoso Rivera de la difamación constante y de toda esa tergiversación histórica. Como también lo es toda esa desinformación sobre el mundo indígena, tan importante en la formación de nuestra sociedad, en que la traza guaraní es tan indeleble como inexistente la charrúa. Habida cuenta, además, de que todos somos hijos de nuestra cultura. No es un tema de sangre, como en enfoque racista invocan los indígenas de apartamento. Y nuestra cultura es la occidental, la que nos ha brindado nuestra lengua española y los valores de libertad, democracia, tolerancia religiosa y solidaridad que nos siguen inspirando. Sentirse parte de esta civilización no supone negar los aportes indígenas, ni africanos, ni de los miles de inmigrantes europeos y orientales que aquí llegaron y contribuyeron a forjar nuestra nacionalidad. A todos ellos les debemos, por menos, el respeto a la verdad.

* El autor es abogado, historiador y escritor. Fue dos veces presidente de Uruguay.

FUENTE: Infobae