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CINCUENTENARIO DE ROCA

CINCUENTENARIO: Discurso del Dr. Manuel Malbrán en el homenaje a Roca del Partido Demócrata Conservador (Recoleta, 19/10/1964)

Discurso pronunciado en nombre del Partido Demócrata Conservador de la Capital por el Dr. Manuel Malbrán, en honor al General Julio A. Roca en el Cincuentenario de su muerte. Cementerio de la Recoleta, 19 de octubre de 1964.

El Partido Demócrata Conservador de la Capital rinde, por mi intermedio, y con unción, su homenaje a la memoria del ciudadano ilustre cuyo nombre evocan hoy todos los corazones argentinos: Julio Argentino Roca.

Claro está que actos como el presente y los muchos otros que, a justo título, se cumplen, a lo largo y a lo ancho del País, para exaltar el recuerdo del gran republicano en el cincuentenario de su muerte física, traducen, en lo fundamental, un incontenible movimiento de gratitud nacional. Pero circunscribirse al mero panegírico de los grandes de la Patria, recordando sus hechos gloriosos y reproduciendo sus pensamientos notables, no llenaría el sentido integral del homenaje. Este debe constituir, por sobre todo, el trazado de una perspectiva histórica que midiendo la trascendencia de aquellas sombras augustas determine su valor de permanencia en el marco constantemente ensanchado de la historia.

Sin duda alguna Roca es valor definitivamente incorporado a las páginas más elocuentes de la historia Patria; como ejemplar lección civilizadora; como arquetipo de auténticas virtudes republicanas, como el tenaz fecundo realizador de la visión soñada por Alberdi. Por todo ello la Nación le ha tributado ya la consagración del bronce perenne y el fallo histórico está dado con carácter de inapelable.

Más por encima de todo ello permanece la vigencia rectora del pensamiento político institucional de Roca; permanece el ejemplo de su enorme fuerza moral y del empeño de su vida pública totalmente entregada al servicio de la paz y del orden dentro de la ley. Paz y orden que no recibiera, por cierto, en plácida herencia, sino que debió construir en medio de la tormenta con talento superior, con su energía de guerrero legendario colocada en la batalla de la civilidad, con sus características humanas de penetración, prudencia y sagacidad, llave maestra de todos sus triunfos. En la angustia patriótica de nuestros días crece la nostalgia por aquel estilo de auténtico gobernante, suave en las maneras, recio en el espíritu, flexible y tolerante, dentro de los márgenes de una fundamental rectitud.

Bien ha podido decirse de Roca que a medida que su obra se desenvuelve en el tiempo su figura se agranda en la historia. Es esta verdad la que concita el fervoroso homenaje que hoy rinde el País al insigne soldado-estadista. Es esta la perspectiva y es esta la conclusión. Por todo lo que se impone a la conciencia de nuestra generación divulgar la monumental obra civilizadora de Roca como tarea docente al servicio de la verdad histórica para con los jóvenes nuevas generaciones argentinas nacidas bajo el signo del confusionismo institucional e impelidas por ciegos vientos de negación, de prejuicios, resentimientos e incomprensión.

Si bien es verdad que Roca, capítulo brillante de la historia patria, es patrimonio moral de toda la ciudadanía, no menos cierto es que a los conservadores argentinos nos asiste el derecho de considerarlo particularmente nuestro; por entronque histórico y espiritual de nuestra fuerza política con la que él a su tiempo presentó y cuyas orientaciones esenciales inspiran nuestra prédica y nuestra lucha; nuestro por encarnar una magnífica síntesis humana de las características que hacen a la esencia del hombre de gobierno conservador. No interesa aquí el nutrido anectodario de Roca en torno a su arte sutil para el manejo de hombres y circunstancias políticas. Por encima de sus ocasionales y humanas debilidades triunfan en él- y es esto lo permanente- su probado valor personal, la diafanidad de sus concepciones de estadista, la decisión y energía para la ejecución de las mismas, su sentido realista, pragmático, en la consecución del progreso y del bienestar del País, su vocación de grandeza, su espada, en un principio, su talento, siempre, puestos inalterablemente al servicio del orden institucional, su pulcritud en el manejo de la hacienda pública, su austeridad, su conciencia de la dignidad de las jerarquías constitucionales, su indeclinable voluntad de no tolerar mengua de ellas, su fundamental sentido de la necesaria dignificación y progreso espiritual del hombre por los caminos de la libertad.

No es esta oportunidad para revisar el extenso itinerario de la vida de este argentino grande entre los grandes. Casi niños todavía, recibe su bautismo de fuego en los campos de Cepeda y pavón. Corre por sus venas sangre de guerrero de la independencia argentina y americana. Así. Puede responderle heroicamente a su propio estirpe en la persona de su padre que le invita, en el mismo campo de Pavón, a no persistir en la inútil defensa de su batería: “Padre déjeme cumplir hasta el final mi deber y mi consigna”.

Más tarde el infierno de gloria de la guerra del Paraguay; Yatay; Tuyutí; Curupaytí. Allí la estampa de su figura romántica de leyenda, cruzando el relampaguear feroz de la batalla para arrancar de la muerte segura, sobre la grupa de su caballo, al soldado herido.

Naembé y Santa Rosa saben del rigor de la espada en defensa del orden y de la unificación nacional. Conquista uno a uno de sus galones militares sobre el mismo campo de batalla aureolado por los rescoldos del fuego de la lucha. A los treinta y un años de edad exhibe ya, con una autenticidad que nadie osaría disentirle su grado de General de la Patria.

Pero lo que pudiera parecer como brillante y precoz cierre de un destino gloriosamente cumplido es apenas prólogo en la existencia de Roca. Amanecer que ha templado su cuerpo y su voluntad en la viril aspereza de la vida militar, sustrayendo definitivamente su juventud a la molicie y a toda blanda sensualidad; que ha sellado y enderezado su espíritu romántico hacia el horizonte de las grandes causas nacionales.

Desde su comandancia de fronteras concibe Roca su ofensiva a la barbarie y al malón enseñoreados de la pampa argentina. Plan este de la integración territorial del País según el juicio exacto de Lugones; complementación de las luchas de la independencia y de la organización nacional, al decir de De Vedia.

Ministro de Guerra en el gobierno de otro argentino ilustre, Nicolás Avellaneda, limpia drásticamente el desierto argentino de la rémora del salvaje al que confina más allá del Río Negro. Más de una cautiva es redimida del aduar ominoso. Se abre la pampa a la riqueza. Allí donde el rayo de la embestida del indio devastara y asolara, dorará la espiga, se ensanchará el progreso, penetrarán la paz y la ley.

A Roca soldado sucede Roca estadista. 1880, esa “gran encrucijada de nuestra historia” según Mariano De Vedia por cuyo portal habría de irrumpir una enorme fuerza expansiva de pasión vital, cuenta con su magnífico artífice dispuesto a pronuncia el “fiat” creador. A los 37 años de edad, luego de haber recogido en el silencio de las noches del “vivac” las voces ocultas de la tierra conocida palmo a palmo en la tarea de cortar de raíz el morbo de la desmembración, accede Roca a la presidencia de la República. “Somos la traza de una gran Nación destinada a ejercer una poderosa influencia en la civilización de América y el mundo”, proclama en su primer mensaje al Congreso de la Nación reunido para recibirle el juramento constitucional, el 12 de octubre de 1880. Mensaje de factura clásica, conciso, breve, casi lacónico. Contadísimas las ideas, rotundas y claras, las suficientes para desatar la era de exultante progreso que requería esa “traza de gran Nación”. Para el logro de tan alto destino Roca enuncia con sencillez, sin atisbos de alarde ni de presunción, la receta. Bastaba, decía, “entrar con paso firme en el carril de la vida regular de un pueblo construido a semejanza de los que nos hemos propuesto como modelo: paz duradera, orden estable y libertad permanente” y además su decisión inquebrantable de emplear todos los resortes y facultades constitucionales para evitar, sofocar y reprimir cualquier tentativa contra la paz pública”. Es decir el cumplimiento liso y llano del primer deber del gobernante: gobernar.

Con tan sencillo pero sustancial bagaje de pensamiento construye la primer presidencia de Roca la riqueza, el progreso y el bienestar que trajo paz y prestigio internacional a la Argentina. No fue, como con error se ha afirmado, una eclosión de crudo afán materialista. La formación espiritual de Roca, su fibra romántica y altruista, su duro aprendizaje en el campo de guerra, y, por sobre todo, el ascenso cultural del País simultáneo a su crecimiento económico autorizan el rechazo de tan ligero juicio.

Nutrido es el inventario de lo realizado en el período 1880/86. No es ocasión de una enumeración al detalle pero se contemplaron y solucionaron problemas orgánicos básicos de la incipiente República: punto final a la anarquía monetaria; afirmación del orden financiero y del crédito de la Nación; organización de los tribunales de justicia y de la Municipalidad de la Capital, del Consejo Nacional de Educación, sanción de los códigos de justicia militar, penal, de minería y de procedimientos de la Capital; ley de límites provinciales, multiplicación de la escuela pública; extensión de líneas férreas hasta sus cabeceras naturales, etc…

Nada escapa a la penetración avasalladora de la férrea voluntad de progreso y de remozamiento del excepcional gobernante y, también, la flamante capital rompe su viejo trazado aldeano para remodelarse en anchos espacios, avenidas y armonía de líneas bajo la alada inspiración de Dn. Torcuato de Alvear que imprime indisimulado toque de arte al nuevo urbanismo de la futura gran ciudad.

Roca deja al término de su gobierno al País en orden y en paz por la ruta ascendente del gran destino propuesto en el ya recordado Mensaje. Paz y administración fue su lema; Paz y administración resultó su obra.

A 1886 sobreviene el desorden, la discordia, la caída, la inestabilidad y, al cabo de todo ello, la República vuelve los ojos y reclama por voz de otro titán de la civilidad argentina, Carlos Pellegrini, la presencia de Roca en el timón del País. Con ática elocuencia la señala Pellegrini a la juventud de su tiempo la necesidad de la reelección de Roca: “Cuando la ingratitud –dice Pellegrini- pide silencio y el olvido la justicia reclama la palabra y el recuerdo… La conservación de los hombres de saber y de experiencia es y será siempre más juicioso que el cambio por el placer de cambiar que aleja a los viejos pilotos para caer tal vez en manos inexpertas e incapaces”. Invoca Pellegrini el orden y el progreso indiscutible del primer gobierno del General Roca en cuyo transcurso – afirma- se palpara pensamiento y voluntad en el manejo de los negocios públicos.

En su segunda presidencia Roca respondió, una vez más, a la confianza del País. Se cumple nuevamente el milagro, hecho de cordura y seriedad, de la prosperidad y de la tranquilidad pública. Resuelve, a través del ejemplar ministerio de Hacienda del Dr. José María Rosa, la cuestión monetaria fijando el tipo de conversión de billete de curso legal en moneda nacional oro. Sobre ello ha dicho el juicio tan autorizado de Federico Pinedo: “Al vincular la economía del país a la economía mundial la moneda basada en el oro permitió a la Argentina dar un salto de dimensiones colosales en el camino del progreso durante el medio siglo en que hubo un mundo con una moneda universal, con un mercado para bienes y para capitales”.

Sabio artífice de la paz interna no podía dejar de serlo en uno de los momentos más difíciles de nuestra vida internacional. Y allá, frente al soberbio paisaje del umbral austral renueva el gesto histórico de Maipú, Chile y Argentina se confunden por segunda vez en fraterno abrazo. Disipase la tensión y el viejo litigio se encauza por las sendas del derecho.

Hijo de su tiempo y de su época no le escandalizan, sin embargo, no lo perturban las primeras conmociones sociales en el País. Las comprende, las mide; su sensibilidad no las rechaza de plano y su preocupación por el problema salta sobre el tapete de su mesa de gobernante atento. Es entonces el proyecto del Código del Trabajo de otro de sus grandes ministros: Joaquín V. González. Al rendir cuentas, en su postrer despedida, roca le confía al Congreso de la Nación, el proyecto de ley con el que “aspira a ver resueltos en el país de inmigración como el nuestro los problemas de la vida social moderna”.

Han pasado años, la demagogia se ha desarrollado en estéril y asfixiante follaje legislativo, pero el País carece del instrumento apto que concibieran Roca y González para regir equilibrada y jurídicamente las relaciones entre el capital y el trabajo.

Roca encontró la nada, sopló sobre ese barro y extrajo un imponente País en ascenso. Le bastó para ello respetar y fomentar la libre iniciativa del hombre, la libertad en todos sus aspectos y ejercer el gobierno con prudencia, con sentido de responsabilidad y con autoridad. Tuvo la sabiduría de rodearse y aconsejarse con los hombres sabios. Convocó a su lado lo más selecto en espíritu y en inteligencia con que contaba el País en su tiempo. Fue, dijimos, flexible y comprensivo y antepuso la paz y la grandeza del País a toda otra consideración política. Tuvo- se ha dicho- un concepto de la medida que emanaba de su propia dignidad y se inspiraba en un sentimiento de la proporción y la armonía que le eran connaturales. Abominó de la intransigencia y de la jactanciosa inmutabilidad de las ideas como de una necedad propia de mediocres. Sabemos cuan alto es el precio pagado por el País cuando se ha pretendido gobernarlo con anteojeras ideológicas, negativas, estériles cuando no criminales para con el mejor destino de la República.

Son esos criterios sencillos y sensatos de un buen gobierno los que Roca seguirá dictando desde la inmortalidad. Información honesta y leal de los problemas públicos, criterio reflexivo, prudencia, tolerancia, acierto en la elección de los hombres, amor al País ante que a las ideas o a las leyendas electoralistas. Este es el mensaje permanente, esta es la vigencia que reclama desde el Más Allá el gran argentino que honramos hoy y veneramos siempre.

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Actos de homenaje a roca en el 104 aniversario de su fallecimiento.

ROCA A TRAVÉS DE LAS MARCHAS MILITARES. Lugar: Círculo Militar, Santa Fe 750. Fecha 18 de setiembre. Hora:18.30. Ejecución: Banda del Colegio Militar de la Nación y Coro del Círculo Militar.

CONFERENCIA SOBRE EL 120 ANIVERSARIO DE LA SEGUNDA PRESIDENCIA DE ROCA. Lugar: Legislatura Porteña, Salón Montevideo, Perú 160. Fecha: 9 de octubre. Hora: 18.00. Expositor: Dr. Rosendo Fraga y Lucas Calzoni.

CONFERENCIA SOBRE ROCA EN EL ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Lugar: Archivo General de la Nación, Leandro N. Alem 246. Fecha; 17 de octubre. Hora: 17.00 Expositores: Dr. Rosendo Fraga y Nicolás Pasaman.

OFRENDA FLORAL E HIMNO NACIONAL FRENTE AL MONUMENTO A ROCA. Lugar: monumento a Roca en Diagonal Sur y Defensa. Fecha: 19 de octubre. Hora: 07.30.

HOMENAJE A ROCA FRENTE A SU TUMBA EN LA RECOLETA. Lugar Bóveda de la familia Roca en el Cementerio de la Recoleta. Fecha 19 de octubre. Hora: 11.00. Orador: Ricardo Balestra.

CONFERENCIA SOBRE ROCA EN SU ANIVERSARIO. Lugar: Museo Roca, Vicente López 2220. Hora 19.00.  Fecha 19 de octubre. Orador: Ministro de Educación, Ciencia y Cultura, Eduardo Finochiaro

ROCA A 120 AÑOS DE LA PRESIDENCIA REFORMISTA. Lugar: Jockey Club, Cerrito 1446. Fecha: 24 de octubre. Hora: 19.00. Expositor: Dr. Rosendo Fraga.

ROCA A TRAVÉS DE LAS MARCHAS MILITARES. Lugar: Legislatura de la Provincia de Buenos Aires, Anexo de la Cámara de Senadores, calle 7 esquina 49. Fecha: 26 de octubre. Hora 19.00. Ejecuta: Banda Paso de los Andes y Coro del Regimiento 7 de Infantería Mecanizado “Coronel Conde”.

FECHAS A DETERMINAR:

COLOCACIÓN DE OFRENDA FLORAL EN EL MONUMENTO A LA CAMPAÑA DEL DESIERTO. Organización: Comando de la Brigada de Infantería de Montaña VI y filial Neuquén del Instituto Roca.  Lugar: dicho monumento en Choele-Choel, Neuquén.

ACTO A ROCA EN LA ESCUELA QUE LLEVA SU NOMBRE. Lugar: Escuela Presidente Roca, Libertad (CABA).

ACTO A ROCA. Lugar: salón Pasos Perdidos de la Cámara de Diputados de la Nación.

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