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CINCUENTENARIO DE ROCA

CINCUENTENARIO: Roca en la organización del Ejército de hoy, por el Dr. Juan Silva Riestra (15/08/1964)

Julio A. Roca Hoy pone a disposición de sus lectores el séptimo adelanto del libro conmemorativo por el Cincuentenario del fallecimiento de Roca de 1964, trabajo colectivo con el aval del Senado de la Nación que, por diversos motivos, no pudo ver la luz en su día, y del cual se proyecta hacer una edición digital.

En la presente ocasión presentamos el texto de la conferencia del Dr. Juan Silva Riestra pronunciada en el Salón de Actos de la Secretaría de Guerra el 15 de octubre de 1964. El conferenciante fue presentado por el subsecretario de Guerra, el General de Brigada Rómulo Castro Samidaz.

ROCA EN LA ORGANIZACIÓN DEL EJÉRCITO DE HOY

Dr. Juan Silva Riestra
15 de octubre de 1964

Desde Rivadavia, los 22 ciudadanos elegidos Presidentes de la Nación, han sido once civiles y once militares, como si la voluntad popular hubiera señalado, para la función monitora, de fijar el destino de la República, en la conducción ejecutiva, a igual proporción de hombres de armas y de hombres de ley.

Un cúmulo de acontecimientos históricos creando situaciones de resolución inmediata y de realización perentoria jalonan el curso, por cierto dilatado, de la vida militar, gubernativa y política del General Roca. Debemos hablar de el a propósito de aquel ejercito que animó durante tanto tiempo y tan hondamente que aun el de ahora tiene y mantiene en lo esencial, el espíritu suyo con que los jefes y soldados a sus ordenes añadieron páginas gloriosas a la historia nacional.

Si correspondió a Urquiza liberar al país de la tiranía rosista dotando a la República de su constitución definitiva, y a Mitre consolidar la integración nacional, decidiendo la incorporación de Buenos Aires y a Sarmiento crear con la escuela común, con la escuela militar y con la escuela naval los instrumentos más eficaces para asegurar el orden y el adelanto del país, a Roca le estaba deparada la misión de integrar el territorio argentino bajo el imperio de las leyes, para que la civilización extendiese sus beneficios hasta en el lugar por “donde no pasaron los conquistadores”, y para que la voluntad de los Constituyentes de proveer a la seguridad de las fronteras, conservar el trato pacífico con los indios y promover la conversión de ellos al catolicismo se cumpliera; decisión esta última que trae el recuerdo aquel pensamiento esclarecido de uno de los hombres más memorables de Inglaterra: “no existe, ha dicho Lord Macaulay, ni ha existido jamás en la tierra obra alguna de la política humana, tan digna de estudio y de examen como la Iglesia Católica”.

Roca había visto las tribus dominando vastas extensiones de nuestro territorio, las había vencido con la fuerza o las había convencido con la razón, atrayéndolas pacíficamente para que fuesen útiles a la República.

Sus dos presidencia están animadas por una misma pasión: que el ciudadano contribuyera desde las filas militares a la restitución al Estado del dominio de territorios feraces, y que el Ejército se organizara cumpliendo la misión de rescatar al ciudadano a su propia incultura, para transformarlo en defensor conciente de la Nación. Los dos propósitos los cumplió: fueron convicción en su pensamiento y acción en su obra, unida la resolución razonada, al hecho perentoriamente ejecutivo.

En su mensaje de 1881, le recuerda al Congreso que “la guardia nacional tiene que ser el verdadero nervio de la República”, y explica a los legisladores que el gobierno puede proporcionar un ejército activo de 10.00 hombres jóvenes, armados y equipados con prontitud y esto, les dice, es el principal secreto del éxito en la guerra, y permitirá al país, disponer de las dulzuras de la paz y aplicar nuestras fuerzas a la industria, al comercio y a las letras…

En 1882 reitera la misma preocupación, y le señala al Poder Legislativo que le ha enviado seis leyes fundamentales: La de reclutamiento, la de organización del Ejército, la de ascensos, el Código Penal de la Armada y los Códigos de Procedimientos para esa jurisdicción y para la del Ejército. “Es urgente, les dice a los congresales, sancionar esas leyes para fundar sobre sólidas bases la moral y disciplina militar…”

Como complemento del Colegio Militar y de la Escuela Naval, el crea las escuelas de cabos y sargentos de artillería y de condestables y contramaestres, como creará mas tarde la Escuela Superior de Guerra; no se han dictado aún –díseles después- las leyes de reclutamiento, de organización y disciplina de la Guardia Nacional, a pesar de su insistencia, y les reclamará porque, les explica, “conviene conservar siempre – y nunca tuvo este adverbio precisión más terminante – conviene conservar siempre, organizada y disciplinada, la Guardia Nacional de la República y velar porque no decaiga su viejo espíritu, pues ella será, en todo tiempo, el verdadero baluarte de los derechos, intereses y decoro de la Nación…”

En 1883, este hombre cuya elocuencia ha sido tan justamente señalada por el Sr. Dr. Arce, cuando abre las sesiones del Congreso tiene palabras de un acento tribunicio clásico, lo que no ha de extrañar por el estudio latín con Victorino de la Plaza: “Si a pesar de las repetidas caídas en la vía crucis de nuestra organización porque pasan y han pasado todas las Naciones, nos hemos levantado cada vez más llenos de Vigor y de confianza en el porvenir que no será –se pregunta- si podemos conservar esta situación una década de años siquiera…”

Visionario del porvenir que el mismo estaba creando con intuición extraordinaria, asegura a la republica los días venturosos que ella vivió gracias a él: “otra estrella de Oriente –dice el general- anunciará al mundo que existe en este extremo sur del continente americano, abarcando cuatro veces mayor espacio que Francia y no menos fértil que ella – una nación abierta a todas las corrientes del espíritu, sin castas, sin preocupaciones religiosas, ni sociales, sin tiranías ni comuna, nuevo templo sobre la faz de la tierra donde se consagran todas las libertades y todos los derechos del hombre…”

Pero les dice aún más, asegurando los eficaces resultados de su conquista del desierto: “han desaparecido los indios bravíos sin peligro de que puedan volver de los vastos escenarios de la Pampa y de la Patagonia, para dar lugar de hoy en adelante, a otras luchas más útiles y provechosas a la civilización…”

Decir que el indio está dominado, y que aquí no existía la tiranía doce años antes derrocada, pero que tampoco podrán inquietarnos a nosotros ni a los que aquí vinieran las tremendas horas sufridas por Francia durante la comuna, era decirle al mundo que los pueblos exhaustos tenían bajo este cielo y sobre este sueño el destino venturoso…

Al año siguiente, la paz interna y el problema del indio vuelven a preocuparle y en ello insiste con la fuerza de la convicción que da confianza y fe en la propia ejecución. Ahora encara el estado del país y se pregunta: “podemos, acaso, de golpe, nación joven como somos, aspirar a la perfección? Quedarán –dice- muchas lagunas, habrá defectos, habrá lunares o faltas, si queréis…” Alguna agitación remueve antiguas pasiones en forma no disimulada, tenso su espíritu recibe las sordas inquietudes sin fundamento y las enfrenta con el sentido profundamente realista que fuñe su característica. “Un mal gobierno pasa, y si viene enseguida otro malo pasa también”, les dice a la murmuración y a la amenaza, no sin agregar con el aplomo de los que marchan sin desviarse de la ruta señalada, “pero las revoluciones son como el incendio, abrasan la heredad, devoran la simiente, y agotan la savia por muchas generaciones cuando no esterilizan el suelo por siglos…” Y volviendo su mirada a algún sector de la Asamblea Legislativa, ante la que hablaba: “contad, contad”, les dice, “lo que habéis visto en ciertas provincias, y recordad que hace sesenta años una Asamblea aconsejaba a los pueblos poner fin a las revoluciones y dar principio al orden…”

Y en cuanto las preocupaciones políticas pudieran confiar sus esperanzas a posibles desafueros ante la justicia, este hombre de armas en el poder evoca a los hombres de ley –en la justicia- y afirma con seguridad, como lo hubiera hecho no importa cual pero uno de esos austeros presidentes de los EEUU: “Las decisiones de la Corte Suprema son acatadas y veneradas…” Su amor al Ejercito en que se formó, en que se había formado su padre y en el que militaron hermanos suyos, le hace volver nuevamente el pensamiento a aquellos lugares que recorrió en la juventud, para decir al Congreso: “no cruza un solo indio por las extensiones de las Pampas donde tenían sus asientos numerosas tribus. Allí se levantan ahora pueblos y se fundan establecimientos industriales de importancia bajo la salvaguardia de los acantonamientos militares; la población de cinco provincias se desborda en sus soledades y el valor de esas tierras sube en proporciones inesperadas…”

Un año antes de concluir su mandato presidencial, recuerda al Parlamento el hecho en verdad histórico: “Quedan levantadas, desde hoy, las barreras absurdas que la barbarie nos oponía al norte como al sud en nuestro propio territorio… El último de los caciques –dice- que aún andaba huyendo con su tribu, por nacientes del Chubut, sin querer someterse, acaba de presentarse con 3.000 indios y se encuentra en esta Capital, adonde ha venido a rendir homenaje y jurar acatamiento a la autoridad nacional…”

Pocos episodios en su carrera habrán tenido como éste la proyección feliz de una victoria obtenida casi sin sangre: el último de los jefes de tribu en las distintas regiones, deponía sus lanzas y prestaba juramento de lealtad a la Nación en presencia del Jefe del Estado.

Faltaba un año para que se cumpliese su período presidencial en el que a diario llegaban le partes militares sobre las luchas contra las depredaciones aborígenes a los que respondía con instrucciones fundadas en su conocimiento de esas regiones y de los hábitos de sus poblaciones indígenas. Acaso más de una vez revivió en ese tiempo el recuerdo de la partida al desierto que el pincel de Blanes perpetuó en el cuadro conservado en el Museo Histórico… Allí está, con sus camaradas, único General asistido por siete coroneles, por ocho tenientes coroneles, por tres mayores y por un capitán, al iniciar la marcha al desierto, en cuyas lejanías, ensanchado el dominio efectivo de la Nación, habrían de escuchar, sobre la brillazón de los fogones, la retreta del silencio…

Llegado el 12 de octubre de 1886, lee, ante la Asamblea, su último mensaje. “Concluyo felizmente mi gobierno”, dice, y en pocas líneas sintetiza la acción desarrollada durante seis años: “No he tenido en toda mi administración, que informaros de guerras civiles, de intervenciones sangrientas, de levantamientos de caudillos, de empréstitos gastados en contener desórdenes y sofocar rebeliones; de depredaciones de indios; de partidos armados y semialzados contra la autoridad de la Nación sin haber decretado, en fin, un solo día el estado de sitio, ni condenado a ningún ciudadano a proscripción política…”

¡Ah! Señores: Roca tenía el dominio pleno de una elocuencia exclusivamente suya. Esa síntesis señala más que lo que hizo que esto queda en sus mensajes explicando, lo que no tuvo necesidad de hacer.

Y si resultase menester preguntarnos cual fue la razón determinante de ese período netamente sereno de su gobierno, en que la sola presencia del General en el poder imponía las soluciones más adecuadas a los problemas de Estado, tendríamos que respondernos que la razón estaba en su conocimiento profundo del corazón del hombre, las pasiones y los intereses que lo conturban.

Macaulay, a propósito de los griegos, los tiempos ilustres de Tucídides, destacando las aptitudes de los hombres de Estado, en quienes advertía condiciones que vienen a cuenta tratándose del General, porque en verdad la historia del mundo se repite, y lo sucedido de una vez vuelve a sucederse en otros siglos y en otros pueblos… Distinguían se aquellos gobernantes griegos, dice el historiador inmortal por su sagacidad práctica, por su habilidad para penetrar y descubrir los designios de los demás, y por su pericia e inventiva para forjar medios conducentes al objeto que se proponían; actuaban en un modo y en un medio sociales en los que los ricos conspiraban sin cesar para oprimir a los pobres y los pobres para despojar a los ricos; tiempos en que los vínculos de partido eran mas estrechos y mas fuertes que los del patriotismo, en que las revoluciones y las contrarrevoluciones eran sucesos naturales que se repetían a menudo, ambiente que debía producir con espontaneidad y lozanía lujuriantes, gran cosecha de políticos sagaces y sin conciencia…”

¿No fue, salvadas las distancias y las modalidades que diferencian a un pueblo de otro pueblo, no fue acaso esa situación, anotada por Macaulay, la misma de nuestro País en ese período presidencial de Roca y aún más no fue esa la situación general en que el actuó desde mucho tiempo antes de su elección?

Tenía este hombre extraordinario, un pleno sentido de la justicia: en 1882 muere Alsina, de quien le separaban ideas fundamentalmente distintas en punto a las campañas en el desierto… El lo despidió con palabras justamente emocionadas que definen la sensibilidad de su temperamento, al recordar que Alsina quiso “asegurar la vida y la fortuna a los habitantes de nuestras dilatadas campiñas, contra las irrupciones de los bárbaros, redimiendo así del odioso servicio de las fronteras al gaucho, víctima inocente de nuestras luchas, al que las leyendas de los poetas han realzado como el tipo del valor, de la abnegación y del sufrimiento…”

Señores: permitidme recordar, al cerrar esta parte de mi disertación, permitidme recordar un nombre y un episodio que tienen el valor de un símbolo de la lealtad cuando siente la angustia de los dolores profundos…

Ese monumento a Adolfo Alsina, ese que está levantado en la Plaza Libertad, se debió al esfuerzo persistente de un hombre, de un joven malogrado, Enrique Sánchez… ”Se ha extinguido Enrique Sánchez”, dijo Roca en su discurso sobre Alsina, “como esas tiernas enredaderas que no pueden sobrevivir a la encina que la sustentaba, y caen marchitas, apenas ella ha sido herida por la mano de la muerte…”

En verdad, Señoras y Señores, todo fue así y Enrique Sánchez al ver muerto a ese Adolfo Alsina, a quien tanto le debía, escribió seis palabras: “Madre, yo me voy con él…” Y con el se fue, suicida generoso y desesperado…

“Ese es el destino”, terminaba Roca, uniendo en su oración conmovida al hombre y al joven, “ese es el destino de los seres excepcionales y privilegiados, que nacen para una sola pasión: falta el objeto de sus veneraciones, y sucumben porque ya han cumplido…”

Los trece años que separan sus dos presidencias transcurren en la República entre revoluciones, crisis económicas y crisis políticas: renuncia Juárez Celman, renuncia don Luís Sáenz Peña, la muerte se lleva a caudillos como Alem, a pensadores como Estrada, a constitucionalistas como Aristóbulo del Valle, a príncipes de la palabra como Pedro Goyena…

En verdad, hay épocas en que se abaten las altas cabezas, y en que los pueblos se quedan con huérfanos, un instante desorientados…

Pero vivían por ventura, Mitre, y los hombres agrupados a su alrededor, y Roca y los ciudadanos que fueron formándose a su lado…

El “acuerdo” que dio tranquilidad a la nación permitió sofocar los levantamientos del 93 y contener las inquietudes que provenían del interior y se sumaban a la intranquilidad creada por la situación con Chile a propósito de los límites en la cordillera.

Tucumán, elige senador a Roca en 1895; el Senado le designa presidente, y desde octubre de ese año hasta febrero del siguiente, ejerce “pro tempore” la primera magistratura.

Su partido, aquel antiguo partido autonomista nacional, se impone con mayoría amplísima en los colegios electorales y el Congreso lo proclama presidente por segunda vez.

Vuelve al gobierno, dice, doce años después de haber concluido mi primera administración, lo que permitirá apreciar mejor los adelantos políticos y económicos que hemos alcanzado… El hecho –agrega- de verificarse sin interrupción en un período ya largo, la transmisión del mando, es, por sí solo, una garantía de la estabilidad y firmeza de nuestras instituciones…

Hay en ese su primer mensaje, un acento evocador de los recuerdos de las campañas en el desierto… Habla de los territorios del sud y de sus pobladores, y parece que estuviéramos viendo, en 1879, a aquel comandante general de fronteras de 36 años cruzando a caballo, al frente de sus tropas, el río colorado…

Elogia a los galenses que ocupan bravamente el sur “están, dice, dotados por su raza y por su educación, para las luchas de la vida y del trabajo”, y añade, “se batieron con el salvaje…”

Su segundo mensaje recuerda también las expediciones que comando o que dispuso se realizaran por soldados del Ejército “las tropas que ocupan los territorios nacionales, son, dice, la mejor garantía de seguridad para las poblaciones circunvecinas y contribuyen a formar centros civilizados a la vez que a fomentar el cultivo y la colonización de la tierra y a someter a las tribus indígenas a la ley del trabajo…”

Y es en ese mensaje donde anticipa la necesidad de reformar las leyes de reclutamiento a los llamados por el art. 21 de la Constitución Nacional. Preocúpale el texto de esa disposición, en cuanto, no obstante disponer que los ciudadanos argentinos han de armarse en defensa de la patria y la constitución conforme a las leyes del Congreso y a los decretos del Poder Ejecutivo, ni el Parlamento sancionó las leyes adecuadas, ni los ejecutivos decretaron, en la medida necesaria a los intereses de la República, las providencias indispensables.

Al año siguiente insiste en la misma preocupación deplorando la demora en el envío de proyectos relativos a la organización militar, motivada por la renuncia de su Ministro de Guerra, el Gral. Luís María Campos, su camarada…

Iniciado el debate de la ley de servicio militar a fines del periodo parlamentario de 1901, la discusión se prolongó el tiempo indispensable para escuchar todas las opiniones.

Es ese uno de los debates más importantes y más ilustrados, oído en el Congreso, y debo recordar, como lo hicieron en ocasión de referirme a Roque Saenz Peña, un antecedente que hace a la forma de los textos legales.

Si por prescripción Constitucional los habitantes no están obligados a hacer lo que la ley no manda ha de entenderse de contrario, que lo que la ley manda debe cumplirse.

Y bien: tres leyes fundamentales añaden a su designación el vocablo que las hace doblemente imperativas: la ley de educación común es obligatoria, la ley de servicio militar lo hace obligatorio la ley del voto electoral también lo hace obligatorio.

Obligatoria la asistencia escolar, obligatoria la instrucción militar, obligatorio el voto.

La obligatoriedad de la educación la promulga Roca. La obligatoriedad del servicio militar también la promulga Roca. Y queda para Roque Sáenz Peña promulgar la obligatoriedad del voto.

Ese año 1902 se fecundo en actos de gobierno atinentes al Ejército. Se anuncia la división regional de la República indispensable, a todas luces, para la mejor aplicación de la ley del servicio militar obligatorio a reglamentarse por el P.E.- Realizase la adquisición de tierras de instrucción “para dar a cada región su campo de maniobras. Disponese la construcción de cuarteles. Cúmplanse las primeras maniobras en Campo de Mayo… Todo esto, dice Roca, todo ensayo de instrucción y preparación militar ha sido al mismo tiempo de civilización y cultura para la masa popular. Dice mas aun porque agrega con hondo sentido democrático que ha sido también de igualdad para todas las clases porque ha venido acrisolar más el sentimiento nacional.

El año siguiente su mensaje al Congreso es terminante; “La ley fundamental de conscripción se ha cumplido con toda escrupulosidad y justicia, y ha servido además para civilizar y levantar el nivel moral de ciertas clases de la sociedad despertando en todas saludables y viriles energías.”

Ha encontrado, en la ley, el recurso ejecutivo que pondrá en acción el precepto constitucional del art. 21, el medio más eficaz de que el servicio militar produzca los efectos deseados para las que denomina “ciertas clases de la sociedad”, sin duda las que tiene más difícil acceso a las satisfacciones que a veces proporciona la vida.

Estos dos mensajes de 1902 y 1903 son propicios para su insistente prédica y ha de serlo también el de 1904, el último de su gobierno.

Si en su primer presidencia le acompañaron como Ministros –hombres ya eminentes- Bernardo de Irigoyen, Juan José Romero, Dídimo Pizarro, y en cambios sucesivos figuras tan preclaras como Carlos Pellegrini y Victorino de la Plaza, éstos dos últimos luego Vicepresidentes de la República llegados después a la Presidencia, en su segundo período gubernativo contó con el concurso no menos ilustrado de austeros ciudadanos.

Amancio Alcorta alternara la cartera del Exterior y la Cátedra en la Facultad de Derecho, como Magnasco la de Justicia y la Cátedra de Derecho Romano, Luis María Campos, en fin, en la cartera de guerra con todos sus entorchados uno a uno ganados como los del mismo Presidente en combates guerreros…

A menos de dos años del segundo período gubernativo por renuncia del General Campos le sucede en el Ministerio de Guerra un Coronel, Pablo Ricchieri que volvía de Europa, cumplidos los cuarenta años, luego de asistir a cursos en el extranjero y desempeñar altas comisiones confiadas por el gobierno.

Roca ha formado en las filas del ejército de antaño que en días azarosos o felices condujo con inteligencia y denuedo. Riccheri tiene su primera figuración, al incorporarse, casi niño, al Regimiento de Milicia en San Lorenzo en horas inquietantes cuando Arredondo se alzaba contra Avellaneda recibiendo su bautismo de fuego en la acción de Chacarita. En Europa tiene el privilegio de estar cerca de Alberdi, cursa la Escuela de Guerra en Bélgica, concurre a las grandes maniobras del Ejército Imperial alemán, y traba vinculación con Roca transitoriamente enfermo en el viejo mundo, amistad, dice el General Martínez Pita en su documentada biografía, amistad que con el andar del tiempo se consolidó de más en más, hasta convertirse en respetuosa admiración recíproca… “Nada más exacto que ese juicio demostrativo de la consideración que se guardaban el glorioso General ya anciano y el estudioso Coronel en la madurez de la vida. Por encargo del gobierno nacional Ricchieri adquiere armamentos para la República, y cuando grandes fábricas le envían dinero a título más o menos habitual, pero poco honorable, como comisión por las compras militares, el lo devuelve disponiendo que con esas importantes sumas se pagaran más cañones, más armas, más municiones para el Ejército Argentino…

Y un día, un día Roca recibe de Ricchieri, con una carabina del tipo de las compradas para el país, una carta del Coronel: “Le tengo que pedir que no se resienta por enviarle un ejemplar de la cuenta que he pagado por el arma que le obsequio, y le ruego que la guarde en su caja de hierro porque ello puede alguna vez ser necesaria…” De ese temple fue Pablo Ricchieri…

Llegó el día del debate de la ley de servicio militar obligatorio. Al antiguo Congreso, a pasos de la Casa de Gobierno, fueron ancianos generales y jóvenes oficiales y en grande número la juventud de la Universidad. Como en las sesiones de la sala en que debatieron Mitre y Vicente Fidel López, y que del Valle recuerda en memorables páginas, movían sé los congresales en un ambiente conmovido por viriles sugestiones de patria…

Mitre había dejado oír su juicio favorable al proyecto, y los dos generales Campos y también Levalle, Donato Alvarez, Francisco Bosch, Winter, Fotheringan, Benavides y Reynolds, la “vieja guardia” hubiera dicho Napoleón…

En frente se batían en nombre de sus convicciones, contrarias al proyecto, el Diputado General Capdevila, el Diputado General Godoy, el Diputado Balestra, el Diputado Coronel Falcón, con títulos todos ellos, al respeto que merecían aún en el error.

Fueron vencidos en los argumentos y en la votación: la ley fue aprobada y la Nación tuvo, en ella, un instrumento para su grandeza y poderlo.

Volvamos al último año de esta segunda presidencia de Roca. “La grandeza futura de la Nación”, dice en su último mensaje, “no es ya la aspiración, vaga e incierta, del patriotismo, sino que toma los perfiles y caracteres de la realidad…” Y hablando de esa ley, recuerda que ella trae a los mismos cuarteles, cada año, a los jóvenes ciudadanos de todos los puntos del territorio… “Son devueltos a sus hogares” –añade- y aquí insiste en ideas ya de antes sustentadas, “son devueltos a sus hogares llevando un contingente de instrucción, cultura, salud y disciplina que redunda en beneficio de ellos y del país…” “Aprenden instrucción militar, higiene y gimnasia, que los hacen ágiles y diestros, aprenden a leer y escribir, aprenden nociones de instrucción cívica conociendo cuales son sus derechos y cuales sus deberes, y, los que viven en apartadas regiones, se dan cuenta de lo que es la patria, y cual es el tributo que deben pagarle para hacerla fuerte y respetada…”

Y pone fin a las menciones sobre la importancia del esencial estatuto, diciendo estas palabras solemnes: “A esta ley, hay que conservarla como a una de aquellas que más han de contribuir a consolidar el sentimiento nacional…”

Roca ha concluido su gobierno: “puedo afirmaros” –dice- “que toda mi voluntad y todas mis energías han estado siempre al servicio del país sin que, en circunstancia alguna, prevaleciera en mi ánimo otra consideración que la del bien público o el prestigio del gobierno… Volveré, dentro de poco, a la vida privada con la conciencia tranquila, seguro de no haber faltado a mis deberes a sabiendas, de no haber abusado, jamás, del triunfo y de no haber sido guiado nunca por móviles que no fueran dignos…

Y como tenía la experiencia –a veces amarga- de los hombres y las enseñanzas de los libros que le dieron norte en las difíciles empresas a que se consagró sirviendo a la patria, añadió estas palabras, que encierran algún filosófico escepticismo: “Yo se a que atenerme respecto al juicio vario de la hora presente sobre el fallo de los contemporáneos, vivas aún las pasiones y resentimientos que engendra la lucha diaria por los intereses públicos de los círculos y partidos y las ambiciones personales no siempre justificadas que no se sirven o se hieren sin sospecharlo… Esperare, sin inquietud, el fallo del día siguiente, más justo e imparcial –o menos acerbo- y más tolerante con las flaquezas humanas a que están sujetos los hombres públicos de todos los países y de todos los tiempos…”

Marco Aurelio dice: “todo pasa; el que alaba y el que es alabado… un instante más y todos se habrán olvidado de ti…”

Déjesenos afirmar que de Roca no se olvidará la República porque sería –un poco- olvidarse de si misma…

Ese día en que terminó su segunda presidencia, Mitre se acercó a él exclamando: “Yo le tomé el juramento, y vengo a decirle que lo ha cumplido…” Fue, Señores, el juicio anticipado de la historia, el juicio de la historia que como toma cuenta de la magnanimidad antes que de la inclemencia, habrá de recordar que cuando Roca venció a Arredondo, luego de decirle “General, es Ud. mi prisionero…”, tendió de propósito entre el prisionero y la historia su condescendencia generosa…

“Veinte victorias militares más, no equivaldrían a la gloria que su tratado de límites con Chile ha dado a su gobierno”, le dice Alberdi en 1881…

Hombre que no sabía llorar, dejó alguna vez que la tristeza abatiera las alas sombrías sobre su espíritu: “Tu carta”, le dice a Ezequiel Paz en 1898, “Me ha conmovido y hecho llorar como un niño… Hace mucho tiempo no derramaba una lágrima, y estas que tu haz provocado con tanta delicadeza me han hecho un bien infinito…” Líneas después los recuerdos le ganan: “pobre mi viejo” –dice pensando en su padre-, “cuanta alegría hubiese experimentado, no digo al verme Presidente por segunda vez en esta tierra donde es tan difícil mantenerse por mucho tiempo en la cureña, sino cuando fui General a los 31 años sobre el campo de batalla…” “Jáctate, mi querido Ezequiel”, dísele después, “de haber hecho sentir intensamente, entristecerse y llorar a un General de la Nación”.

“Muchas horas de borrasca y aún amargas me esperan en la nueva jornada que me marcó el destino y aunque en verdad, no de otro modo se cosecha gloria y renombre, es también cierto que las malas noches y los insomnios es el lote de los que en el gobierno, quieren hacer algo por su país… Se que se espera mucho de mí. Yo he de poner –y tu debes estar seguro- por el instinto de la misma sangre que corre por nuestras venas, he de poner todos mis cinco sentidos para no defraudar la esperanza pública…”

Cuando en 1908 el General Victorica le recuerda que tomóle examen en el Colegio del Uruguay, Roca le responde: “ha renovado, General, en mi memoria, algunos de los mejores recuerdos de mi vida desde los días en que tuve el honor de ser examinado por Ud. en el Colegio del Uruguay…” y pareciera que estuvieran dialogando para la historia…

Murió el 19 de Octubre de 1914… Más de medio centenar de estatuas, monumentos, colegios, ciudades, pueblos, institutos, llevan ahora su nombre.

Vivían ese año algunos pocos de sus camaradas, y de los que fueron sus Ministros; pero vivía Ricchieri, que dio forma legal a sus concepciones del nuevo ejército… Ricchieri, que avía de ser acompañado al sepulcro por sus generales veintidós años después lo mismo que él, en medio del pueblo, y entre las filas de los soldados, como eran entregados a la tierra los héroes griegos…

El país, el gobierno, los veteranos y los cadetes rindieron honores a sus restos en la hora definitiva…

Y, de seguro, al recibirlo -en presencia de Dios- hicieron la venia los guerreros de la Independencia, al entrar en la inmortalidad…

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Actos de homenaje a roca en el 104 aniversario de su fallecimiento.

ROCA A TRAVÉS DE LAS MARCHAS MILITARES. Lugar: Círculo Militar, Santa Fe 750. Fecha 18 de setiembre. Hora:18.30. Ejecución: Banda del Colegio Militar de la Nación y Coro del Círculo Militar.

CONFERENCIA SOBRE EL 120 ANIVERSARIO DE LA SEGUNDA PRESIDENCIA DE ROCA. Lugar: Legislatura Porteña, Salón Montevideo, Perú 160. Fecha: 9 de octubre. Hora: 18.00. Expositor: Dr. Rosendo Fraga y Lucas Calzoni.

CONFERENCIA SOBRE ROCA EN EL ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Lugar: Archivo General de la Nación, Leandro N. Alem 246. Fecha; 17 de octubre. Hora: 17.00 Expositores: Dr. Rosendo Fraga y Nicolás Pasaman.

OFRENDA FLORAL E HIMNO NACIONAL FRENTE AL MONUMENTO A ROCA. Lugar: monumento a Roca en Diagonal Sur y Defensa. Fecha: 19 de octubre. Hora: 07.30.

HOMENAJE A ROCA FRENTE A SU TUMBA EN LA RECOLETA. Lugar Bóveda de la familia Roca en el Cementerio de la Recoleta. Fecha 19 de octubre. Hora: 11.00. Orador: Ricardo Balestra.

CONFERENCIA SOBRE ROCA EN SU ANIVERSARIO. Lugar: Museo Roca, Vicente López 2220. Hora 19.00.  Fecha 19 de octubre. Orador: Ministro de Educación, Ciencia y Cultura, Eduardo Finochiaro

ROCA A 120 AÑOS DE LA PRESIDENCIA REFORMISTA. Lugar: Jockey Club, Cerrito 1446. Fecha: 24 de octubre. Hora: 19.00. Expositor: Dr. Rosendo Fraga.

ROCA A TRAVÉS DE LAS MARCHAS MILITARES. Lugar: Legislatura de la Provincia de Buenos Aires, Anexo de la Cámara de Senadores, calle 7 esquina 49. Fecha: 26 de octubre. Hora 19.00. Ejecuta: Banda Paso de los Andes y Coro del Regimiento 7 de Infantería Mecanizado “Coronel Conde”.

FECHAS A DETERMINAR:

COLOCACIÓN DE OFRENDA FLORAL EN EL MONUMENTO A LA CAMPAÑA DEL DESIERTO. Organización: Comando de la Brigada de Infantería de Montaña VI y filial Neuquén del Instituto Roca.  Lugar: dicho monumento en Choele-Choel, Neuquén.

ACTO A ROCA EN LA ESCUELA QUE LLEVA SU NOMBRE. Lugar: Escuela Presidente Roca, Libertad (CABA).

ACTO A ROCA. Lugar: salón Pasos Perdidos de la Cámara de Diputados de la Nación.

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