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CINCUENTENARIO DE ROCA

CINCUENTENARIO DE ROCA: Roca y su política exterior, por Isidoro Ruiz Moreno (Escuela Nicolás Avellaneda, 20/10/1964)

Julio A. Roca Hoy pone a disposición de sus lectores el tercer adelanto del libro conmemorativo por el Cincuentenario del fallecimiento de Roca de 1964, trabajo colectivo con el aval del Senado de la Nación que, por diversos motivos, no pudo ver la luz en su día, y del cual se proyecta hacer una edición digital.

En la presente ocasión presentamos Roca y su política exterior, texto de la conferencia pronunciada por Isidoro Ruizo Moreno en la Escuela Nicolás Avellaneda el 20 de octubre de 1964, quien fuera a su vez presentado por el presidente de la Comisión Nacional de Homenaje del Cincuentenario, general de división Rosendo M. Fraga.

Los textos presentados en esta sección del Cincuentenario fueron escaneados de originales mecanografiados y otros escritos a mano. Se optó por mantener las copias lo más fielmente cercanas al original en todos los aspectos posibles.

ROCA Y SU POLÍTICA EXTERIOR
Dr. Isidoro Ruiz Moreno
20 de octubre de 1964

Los hombres en gobierno desarrollan su actividad en dos esferas distintas; una dentro de los límites de su territorio y la otra, frente a las entidades oficiales de los otros países.

El poder de libre determinación que se tiene, en el ámbito del propio estado, no es el mismo que cuando se actúa en el marco de la comunidad internacional. Por eso, para la acción exterior son necesarias condiciones personales especiales porque muchos actos son definitivos para los intereses y seguridad de las naciones. Ello es absolutamente cierto en los problemas territoriales, pues todo hito que se pone en las fronteras, toda obligación que se promete en un tratado son de enorme proyección en el futuro. Valgan como ejemplo los casos de la Patagonia y de los Pactos de Mayo para comprender, en parte, lo que significó para nuestro país la política exterior del Presidente Julio Argentino Roca.

Cuando un jefe de estado asciende al poder, expone su programa en acción. En ciertos casos, la trascendencia de este acto exige que determinadas afirmaciones llevan la seguridad de su cumplimiento. Roca no escapó a esta regla, y su promesa de gobernante se cumplió para bien de la Patria.

En 1880 asumió la presidencia por primera vez. Ya tenía experiencia en los asuntos internacionales, adquirida al lado de la extraordinaria figura de Avellaneda, de quien fue su ministro de guerra y marina. En horas dificilísimas, frente a un conflicto internacional, acompaño al gran presidente en el acto trascendental de defender la soberanía de la Nación. Está su firma en el decreto de 1878 que ordenó al Comodoro Py con la débil escuadra argentina salir al sur para hacer respetar la jurisdicción de la República. Y no ha de haber sido ajeno a las instrucciones que le ordenaron imponer al respeto de nuestra soberanía, y “hacerla efectiva por la fuerza, consultando las reglas del honor y del deber”. Esta prueba de su firmeza como ministro, iba a ser el anticipo de su acción como presidente. Lo dijo en forma clara y terminante en su primer mensaje, al referirse a las cuestiones de límites: “procuraré que se resuelvan dignamente sin ceder en l más mínimo lo que entienda que afecta la dignidad de los derechos e integridad de la República”. Y lo repetiría en 1881: “No habrá consideración de ningún género que debilite la afirmación de nuestro derecho. La patria íntegra y sin mancha será el vínculo incontrastable que nos ligue a las generaciones pasadas y a las generaciones futuras”.

La patria íntegra”, señores son palabras maravillosas que condensan en boca de un gobernante los augurios de un futuro venturoso. “La patria íntegra”, la patria recibida de los próceres, que Roca había sentido en los campos de batalla y que en adelante quedaba al amparo de su honor de Presidente y de su espada inmaculada de guerrero.

Posiblemente conocía, el apasionado alegato de Bermejo de 1879, y le habrían quedado grabadas estas palabras. “Esta gran Nación ya está mutilada. No es la misma que midió por el Norte el paso marcial de Belgrano; no es ya la misma cuyas armas asentó al Oriente Alvear y cuyas naves llevara al Sur el intrépido Brown; no es ya la misma cuyos lindes trazara el Occidente la espada fulgurante de San Martin. Unas tras otras hemos visto desgajarse las ramas del corpulento Virreinato. Locura fuera tratar de recogerlas; pero, consentiremos ahora que se arranquen sus raíces”. El general – presidente respondía a la angustia de esta pregunta con el concepto magnifico de “la Patria íntegra y sin mancha” legado que debía trasmitir a las generaciones del futuro.

En ese su primer mensaje de 1880, Roca enunció las reglas a las que sujetaría su política exterior:

1º) Relaciones normales con las potencias extranjeras, cuidando aumentar y fortalecer los vínculos con los mas adelantados.

2º) el principio de no intervención en las cuestiones internas de nuestros vecinos.

3º) cumplimiento religioso de nuestras obligaciones financieras porque la honra nacional se halla comprometida en el fiel cumplimiento de este deber.-

Para comprender la política exterior de Roca, es preciso considerar los problemas internacionales que existían cuando asumió por primera vez la presidencia.

Bolivia tenía pretensiones sobre la región del Chaco, que nuestro país discutía con Paraguay. La negociación había sido enérgica y agria entre el enviado boliviano Reyes Cardona y Carlos Tejedor. La cuestión se había complicado en 1878 a raíz de una circular que Bolivia dirigió a los gobiernos de América sobre la cuestión del Chaco y las pretensiones argentinas a Tarija.

Cuando Roca sube a la presidencia, Bolivia mantenía su conflicto con Chile. El general, entonces, dio pruebas de la magnanimidad de sus procederes. “Espero -dijo- que en días serenos para Bolivia definiremos también nuestros límites con ella. No entra en nuestras ideas la de activar las discusiones con los estados vecinos en épocas agitadas, o angustiosas para ellos” (mensaje 1881).

En 1884 el congreso argentino sancionó una ley enviada por Roca, que dispuso una expedición militar para recorrer los territorios del Chaco austral entre el Pilcomayo y el Bermejo. Con este motivo, el encargado de Bolivia presentó una reclamación pero fue rechazada por el ministro Ortiz con la firmeza que daban los derechos de la Nación.

Hacia el Oeste la situación no era tranquilizadora. Chile persistía en su política de penetración hacia el Atlántico, comenzada en 1843 cuando fundó Puerto Bulnes en mitad del Estrecho de Magallanes. La idea de que la Patagonia era tierra chilena, había hecho carne el país trasandino, a pesar de los esfuerzos de Félix Frías. Como he recordado, el incidente de 1878, producido por el apresamiento de buques hechos por Chile en el Atlántico, mantenía un horizonte cargado de negros presagios. Todo anunciaba, dice Pelliza, un próximo encuentro sobre los mares del rígido polo austral, donde el cañón iba a tomar la palabra para dirimir la cuestión de límites que no habían podido resolver la discreción y el buen sentido de los hombres. Otro incidente vino a complicar la situación. A raíz de la publicación en los diarios de Santiago, de documentos que probaban la legitimidad de nuestros derechos a la Patagonia, se produjeron en aquella ciudad manifestaciones desagradables contra la Argentina. El acuerdo firmado por Sarratea y Fierro, por el que se había convenido la solución del arbitraje, era interpretado en Santiago como que incluía a la Patagonia, punto de vista que no admitía Buenos Aires. El tratado y un “statu quo”, concertado con el representante Chileno Balmaceda, fue rechazado por el Congreso Argentino. Chile había pretendido que dos delegaciones creadas por el Ministerio de Guerra de nuestro país en la costa Sud, en pleno Atlántico, en puerto Deseado y en Río Gallegos necesitaban su aquiescencia. Seis negociaciones habían fracasado por la pretensión de Chile a la Patagonia. No quedaba, pues, mas remedio que prepararse para cualquier eventualidad y para afrontarla se resolvió la adquisición de nuevos armamentos y buques de guerra. Roca estuvo al frente de estas resoluciones y, como lo hizo público Irigoyen en la Cámara de Diputados fue tal su previsión “que el país no se habría encontrado sorprendido por eventualidad alguna, y cualesquiera que hubieran sido los acontecimientos, habríamos dispuesto de los elementos y recursos necesarios para mantener la integridad de nuestro territorio y la dignidad de nuestro nombre”.

Al año de ascender Roca a la presidencia de la Nación, Brasil intentó un arreglo proponiendo una transacción. Esta propuesta no se aceptó, no obstante que el ministro argentino en Río, insistiera para que así se hiciera. Es que Roca se había dado cuenta de que era necesario robustecer la posición jurídica argentina para negociar con mayor ventaja. Como buen estratega, preparó el terreno para disponer la lucha. El 16 de Marzo de 1882 dispuso la creación de la gobernación de Misiones como afirmación de nuestros derechos sobre esos territorios. Brasil comprendió la firme intención argentina y resolvió iniciar negociaciones para un ajuste definitivo de la cuestión, aduciendo que el acto de jurisdicción argentina recaía sobre territorios en disputa.

Este acto de gobierno de Roca, es una de las primeras demostraciones de que un nuevo espíritu iba a presidir la solución de nuestros conflictos internacionales. Al par que aceptaba la negociación pacífica y amistosa, hacÍa comprender a nuestros contendores que ya la República no retrocedería en la defensa de sus derechos.

La decisión de Roca para obtener el respeto de la soberanía de la Nación, tuvo ocasión de afirmarse en un conflicto que, por trascender del aspecto material, reveló su temple de gobernante. Las cuestiones de límites entre Estados, si bien tienen su origen en discrepancias de títulos jurídicos o geográficos, dejan de lado, generalmente, la faz espiritual de los protagonistas. El tiempo y la sensatez de los hombres, tarde o temprano se imponen en la solución que conviene a las partes. Pero es cosa distinta el conflicto que tiene un fondo religioso, el cual, por su naturaleza, posee gran dosis de intolerancia. De ahí su trascendencia cuando la discusión se plantea entre un gobierno y las autoridades eclesiásticas, que desconocen los derechos de la autoridad civil. Y si la opinión predominante en ese país es la católica, el valor del Jefe de Estado se mide por su decisión de enfrentar a la Santa Sede, que en ninguna emergencia abandona a sus representantes. En la cuestión que se suscitó entre el gobierno argentino y el nuncio Matera, Roca, con la misma firmeza que había demostrado en el campo de batalla, no trepidó en enfrentar a un delegado apostólico, a un canónigo y a la opinión pública, cuando como jefe de gobierno debió defender el prestigio de su autoridad.

El episodio merece relatarse. En 1883 durante la primera presidencia de Roca, se implanto la enseñanza laica dispuesta por la ley de educación común. En Córdoba, el canónigo Clara y los clérigos anatematizan desde el púlpito a las autoridades nacionales; y lo hacen en forma tal, que obliga a procesar al canónigo. Monseñor Matera, nuncio de la Santa Sede, descarga una anatema contra la Escuela Normal de Córdoba y las principales familias retiran sus hijas del establecimiento.

El presidente Roca sigue de cerca y personalmente el conflicto, y dispone que el canciller Ortiz pida explicaciones al nuncio. Monseñor Matera, con motivo de una campaña de prensa, pasa a la ofensiva y dirige al ministro una nota exigiendo “las más explícitas y categóricas explicaciones en el más breve espacio de tiempo”. Roca no tolera el alzamiento y manda devolver la nota exigiendo las explicaciones que había solicitado. El nuncio ha perdido la compostura, y en comunicación particular al presidente, pide que el ministro retire su nota, pues de otro modo se devolverá oficialmente. El incidente termina con otra muestra de la decisión que Roca siempre puso en la defensa de los negocios públicos, no le arrendra el inevitable conflicto religioso con el Vaticano. La nota fue terminante “En vista de la actitud asumida por V.E. en sus relaciones con el Gobierno de la República -dice el canciller- el señor Presidente me ordena enviar a V.E. sus pasaportes, fijándole el término de veinticuatro horas para dejar el territorio de la Nación”.

La preocupación por la integridad de la Patria fue constante en los gobiernos de Roca. Lo prueba la defensa de nuestros derechos a las Malvinas. Desde 1849 hasta 1884 no hubo cambio de notas entre la Argentina y Gran Bretaña. Dos años después, en 1886 la chancillería argentina rechazó una protesta inglesa y reafirmó el derecho argentino a las islas. Con este motivo hubo un cambio de notas en las que la República mantuvo gallardamente el derecho que le correspondiera.

La firmeza de la política exterior argentina en las presidencias de Roca, se mantuvo hasta el final. En 1904 próximo ya a terminar su mandato, ocurrió un hecho que lo demuestra. En Noviembre de 1903 se produjo en Panamá un movimiento revolucionario que culminó con la separación de Colombia y su constitución como nación independiente. Estados unidos actuó de forma apresurada para reconocer el nuevo estado e interpuso toda su influencia a fin de que lo hicieran los demás países. Nuestro representante en Washington, García Merou hizo saber que el presidente Teodoro Roosvelt y el secretario de Estado Hay lo buscaban con empeño. El gobierno argentino contestó que lo haría en el momento que considerara oportuno, no obstante que Roosvelt declarara que consideraba la demora como un acto de reprobación táctica y de hostilidad oculta hacia Estados Unidos. Roca no cedió y recién el 2 de Marzo de 1904, dispuso el reconocimiento cuando tuvo la certeza de que se habían cumplido los requisitos del Derecho Internacional.

Estoy citando junto a Roca, a los distinguidos ministros que lo secundaron en su política exterior. Esta fue una de sus más relevantes condiciones como hombre de gobierno. Buscó la colaboración de los más eminentes ciudadanos, con prescindencia de su posición o de sus ideas políticas. El quería la integridad de la Patria, y reclamó para su servicio los talentos de su época. Puede decirse que la lista de sus nombres, los de la generación del 80, es un verdadero “Gotha” de los más distinguidos y selecto que gobernante alguno reunió a su lado. Bernardo de Irigoyen, Victorino de la Plaza, Francisco J. Ortiz, Almancio Alcorta, Joaquín Gonzáles, Luís María Drago y José Antonio Terry, serie jamás inigualada de ministros de relaciones exteriores de un solo presidente.

Con Roca y con ellos se cumplió la regla histórica que señala que los grandes gobernantes buscan eminentes colaboradores, sin temor al brillo de las estrellas de primera magnitud. Al fin y al cabo, esas estrellas brillan por el acierto de quien supo ponerlas en el firmamento de la Patria. Roca siguió el consejo de sus ministros y los apoyó en sus gestiones demostrando su sabiduría y su prudencia. Por eso el mérito en el éxito fue común, porque, como presidente, era el jefe supremo de la Nación y tenia a su cargo la responsabilidad de la administración general del país y la conducción de las relaciones exteriores.

Todas las gestiones diplomáticas fueron consultadas al presidente, quien con su sagacidad natural comprendía el cierto de sus colaborador. Y cuando la trascendencia del proyecto implicaba el compromiso de toda la Nación no vacilaban en pedir la opinión de quienes sin formar parte del gobierno habían acreditado su experiencia y cordura en el manejo de los negocios públicos. Lo prueba, entre muchos, el caso de la doctrina del ministro Drago.

El general Roca aceptó las conclusiones y consideraciones de la nota que Drago le propuso, pero tuvo sus dudas respecto a si convenía o no enviarla, por temor a que las demás naciones de Sud América creyeran que la República Argentina pudiera buscar alguna hegemonía, esto se soluciono con una invitación a Chile y Brasil para acompañar a la Argentina. Aún así, quiso que se oyera a Mitre, su adversario Político, sobre si debía o no mandarse la nota y el propio ministro fue el encargado de realizar la consulta. La nota de Drago dio motivo a un juicio agudo de Roca. Se dice que a raíz de la misma exclamó, “los porteños son siempre internacionalistas”.

Roca fue generoso con sus colaboradores. “Cinco presidentes y un timonel”, calificaban a su gabinete. Cuando llegó la hora del éxito, escribiría a Don Bernardo con motivo de la firma del tratado con Chile: “A Ud. La palma del triunfo, por la habilidad, por el tino y energía que ha demostrado en esta larga y espinosa cuestión”.

Esa generosidad, casi desconocida en estas regiones, la tienen solo los grandes, los que saben que las sombras vienen de lo alto.

Con su política exterior, Roca resolvió dos de los más serios conflictos territoriales, el de Chile y el de Brasil, nuestros vecinos más poderosos, que en su momento pudieron ser los adversarios de una controversia que no se iba a decidir en el ajetreo de las cancillerías.

El problema secular de limites que mantuvieron Portugal y Espala y luego el Imperio y las Provincias Unidas del Río de la Plata, había sido motivo de extensas negociaciones diplomáticas que quedaron suspendidas hasta 1876. En ese año, el barón Aguiar D’Andrada vino en misión especial a Buenos Aires para continuarlas. La chancillería argentina aceptó la reanudación de las negociaciones sobre ciertas bases que no fueron aceptadas por la brasileña, que dio por terminada la misión.

No obstante esto, nuestro gobierno resolvió insistir, y en 1877 dio instrucciones a nuestro ministro en Río para que continuara las conversaciones sobre la cuestión de límites. Sin embargo, al frente de Itamaratí estaba el barón de Cotegipe, que deseaba ganar tiempo para consolidar la ocupación brasileña en el territorio en disputa, a fin de situarse en mejor posición en el debate que tendría lugar tarde o temprano. Por eso, y previendo que la lucha política de la futura presidencia argentina favorecería a sus planes, decidió no aceptar las gestiones diplomáticas y llevar adelante sus planes. Para eso, en 1879 y en 1880, el imperio mandó fundar colonias militares en las provincias del Paraná sobre la zona litigiosa. Ante esta actitud nuestro representante en Río, el ministro Domínguez aconsejo el envío de fuerzas militares para hacer sentir la efectiva posesión de la República en el Alto Uruguay. Sin embargo nada podía hacer el presidente Avellaneda en momentos en que todos su esfuerzos tendían a defender su existencia, jaqueado por sus adversarios políticos.

La creación de la gobernación de Misiones, dispuesta por Roca, tuvo el efecto de hacer que el gobierno del Brasil iniciara gestiones para el arreglo definitivo. Mantuvo la tesis brasileña el barón Araujo Goldim, quien se enfrentó con el Dr. Victorino de la Plaza, cuyas notas demostraron con solidez de los derechos argentinos. Estas gestiones no tuvieron éxito, hasta que el 28 de Septiembre de 1885 se firmó en Buenos Aires un tratado entre el representante del Brasil y el ministro argentino Ortiz. Por este convenio se dispuso que dos comisiones, mixtas deberían levantar un plano y preparar una memoria que sirvieran a sus gobiernos para resolver amigablemente el litigio. Presidió una comisión el coronel José Ignacio Garmenia, íntimo amigo del General Roca.

La labor de estas comisiones sirvió de base para preparar el tratado que determinó la solución arbitral de Cleveland, presidente de los Estados Unidos, que puso fin al litigio por el territorio de las misiones.

Roca es el nombre que simboliza el arreglo de la cuestión con Chile. Está en ella, durante su primera presidencia, en ocasión de la firma del tratado de límites en 1881. Es de nuevo presidente cuando en 1889 se celebra la entrevista del Estrecho, se firman los pactos de Mayo en 1902 y los convenios en 1903. Estos acontecimientos muestran, en la persistencia de la acción y en la coincidencia de su persona, cuanto afán puso en evitar el conflicto más serio que tuvo que afrontar nuestro país. Es que Roca nunca tuvo animadversión contra Chile, a pesar de la forma como el gobierno trasandino conducía a veces la negociación.

Espíritus inflamados por sentimientos nacionalistas no admitían transacciones, pero el veterano de Cepeda, de Pavón, del Paraguay, de Naembé y Santa Rosa buscaba la paz; la paz que facilitaría la marcha ascendente de dos pueblos amenazados por una lucha estéril por las frías e inhóspitas costas del Estrecho. Su mirada soñadora escudriñando el porvenir, como lo ha fijado el bronce de las riberas del Nahuel Huapí, le indicaba los beneficios de la paz. ¿A que tronchar vidas cuyos brazos tenían la misión del trabajo en los campos infinitos? La guerra con Chile hubiera sido una “guerra implacable, una vergüenza para América y un escándalo para el mundo”. Tales son los propios conceptos con que Roca la calificara en 1899 ante la asamblea legislativa de la Nación.

Chile por su ocupación en el Estrecho, pretendía la Patagonia y sus costas atlánticas. Al subir a la presidencia, Roca insistió ante el Dr. Bernardo de Irigoyen, que era quien mejor conocía el problema, para que fuera su Ministro de Relaciones Exteriores. Al año siguiente, aceptó la mediación del gobierno de Washington y el 23 de Julio de 1881 se firmó el tratado de límites.

Por este acto la Patagonia, habría de ser para siempre Vasto campo del trabajo argentino. Las más altas cumbres de los Andes que separan aguas, serían en el futuro el límite natural que aseguraría la paz entre las dos potencias americanas. Y los dos países, bajo el honor de su palabra, ofrecían a la comunidad de las naciones la libre navegación y la neutralización del Estrecho. Paz para Argentina y Chile; seguridad a perpetuidad para todas las banderas en la vía más importante del continente americano.

Bernardo de Irigoyen, destacaría con sinceridad que lo honra, el mérito de Roca en la concertación del tratado. En su memorable discurso del 2 de Septiembre de 1891, pronunciado en la Cámara de Diputados dijo: “El señor Presidente de la República, dedicado desde sus primeros años a la brillante carrera de las armas, con aptitudes y condiciones bien comprobadas durante perturbaciones internas, en guerra exteriores y en la conquista de los territorios comprendidos entre el Océano y los Andes; el señor Presidente de la República al frente de una Nación resuelta, valerosa, susceptible, capaz de grandes empresas, renuncia a las seducciones de la gloria militar y tomando la posición del hombre de Estado, procura resolver serenamente esta cuestión de medio siglo, en el terreno de las negociaciones diplomáticas, consultando la dignidad, y la seguridad de la Nación. Es un mérito y me honro en presentarlo a la consideración de la Cámara”.

Roca pues pudo decir con razón a Juárez Celman al entregarle el mando el 12 de Octubre de 1886: “Os transmito el poder con la República más rica, mas fuerte, más vasta y mas serenos horizontes que cuando la recibí yo”.

La política amistosa hacia Chile de Roca, no terminó con el tratado de 1881.

Este tratado no pudo poner fin a la cuestión suscitada entre los dos países. Surgieron nuevas discrepancias raíz de que la aplicación de las líneas fronterizas produjo discrepancias entre Pico perito argentino y Barros Arana perito de Chile. Posteriormente las dificultades volvieron a producirse cuando Pico fue sustituido por Francisco P. Moreno. El delegado chileno pretendía abandonar la línea del tratado de 1881 por medio del criterio hidrográfico, mientras el nuestro sostenía que la línea del tratado debía ser establecida en el encadenamiento central de los Andes. Nada se pudo hacer y durante la segunda presidencia de Roca, el 22 de Septiembre de 1898 se firmó un convenio para remitir al árbitro inglés los puntos sustentados por los peritos.

El pleito de límites, pues, seguía en pié y Roca estaba decidió a terminarlo ya que la agitación de la opinión publica había vuelto a producirse. Una feliz coincidencia de los presidentes de ambas naciones intentó buscar, en una ceremonia espectacular, aquietar los ánimos. Con este propósito, se concertó un encuentro entre Roca y Erraguriz que tuvo lugar el 15 de Febrero de 1899 en Punta Arenas en la que participaron buques de guerra de ambos países. Llevaron a nuestro ilustre presidente y a su séquito al acorazado “Belgrano”, la Fragata “Sarmiento” y el crucero “Patria”. Esa fue la “reunión del Estrecho” pleno de esperanzas que, desgraciadamente, se esfumaron con la intensidad de las pasiones.

No obstante los acuerdos contenidos en el tratado de 1881, en el convenio de 1886, en las actas firmadas para asegurar el fiel cumplimiento de los tratados del mismo año y en el protocolo adicional de 1893, las buenas relaciones con Chile no estaban afirmadas de manera definitiva. El “encuentro del Estrecho”, disipados los entusiasmo del primer momento, no había fructificado; el mantenimiento de la paz estaba amenazado, a pesar de que ya se había convenido el arbitraje del gobierno inglés. Los ánimos se habían exaltado y ambos gobiernos había encargados nuevos buques de guerra. Se vivía prácticamente en la paz armada y hasta espíritus sensatos y pacíficos creían que la guerra era el único medio de poner término a la situación planteada. Ambos países se recelaban. El gobierno argentino no miraba con simpatías las expansiones territoriales de Chile después de la guerra contra Perú y Bolivia. El de Santiago, temía nuestra ingerencia en el Pacífico.

Pero así como tantas veces Roca como guerrero había velado sus armas, como primer autoridad civil de la República, velaba ahora por la paz. Y encontró, con ese espíritu sagaz que demostró tantas veces, el hombre que interpretara sus deseos. Designó como ministro en Chile al doctor José Antonio Terry, cuya colaboración exitosa facilitó la solución. Terry, comprendiendo cual era el objetivo de Chile, obtuvo que la cláusula del Pacífico fuese incluida en los convenios a fin de firmar, en forma de acta preliminar, el tratado de arbitraje.

El 28 de mayo de 1902, en Santiago se firmaron los acuerdos que se conocen en la historia diplomática de ambos países con el nombre de “Pactos de Mayo”. Estos convenios comprendieron un tratado general de arbitraje, un convenio sobre limitación de armamentos y un acta sobre fijación de límites.

La concepción de los pactos de Mayo se debe a Amancio Alcorta, el canciller de Roca que recibió todo su apoyo y fueron concluidos por otro eminente colaborador el Dr. Joaquín V. González. Para comprender lo que significaron en su época esos Pactos, conviene detenerse en conocer el que se refiere a la limitación de armamentos, que es el primero en el mundo que se pudo concertar. Por este acuerdo los dos gobiernos desistieron de adquirir las naves de guerra en construcción en los astilleros europeos; se comprometieron a no aumentar durante un periodo de cinco años sus armamentos navales y en disminuir sus escuadras hasta llegar a un acuerdo que produjese una discreta equivalencia.

Si extraordinaria fue la actividad y habilidad de los ministros Alcorta y González y del Dr. Terry en Santiago, durante la gestación y firma de los tratados, se debe a la influencia de Roca la ratificación de los mismos en el Congreso. Los pactos fueron combatidos en nuestro país nada menos que por el Dr. Victorino de la Plaza, antiguo ministro suyo y resistidos por nuestros marinos, que los reputaban peligroso para nuestra seguridad por la extensión de nuestras costas y los problemas del Río de la Plata. Para disipar esos temores, Roca y González más tarde encontrarían la formula que completó el sistema de los Pactos.

Nada mas exacto y elocuente, que el juicio de Luís María Drago, sobre el mérito de Roca en la firma de los tratados santiaguinos: “hombre de guerra, y hombre afortunado dijo, es, sin embargo, el iniciador y signatario del único tratado de limitación de armamentos que se conozca en el mundo”.

Joaquín González, ministro interino de Relaciones Exteriores ha referido que el presidente Roca no quedó muy satisfecho con la firma de los Pactos debido a al resistencia de parte de la opinión pública. De ahí que inmediatamente se buscase perfeccionarlos y el 10 de julio de 1902 se firmó un acta aclaratoria en el que se estableció que no podía ser materia de arbitraje la ejecución de los tratados vigentes y que ninguno de los gobiernos contratantes tenia derecho a inmiscuirse en la forma que el otro adoptare para darles cumplimientos. Se declaró, asimismo, que la discreta equivalencia naval podía ser hecho sin necesidad de vender buques de guerra, buscándose en el desarme u otros medios, la forma de lograrla, a fin de que cada país conservara sus escuadras, la Argentina para su defensa natural y destino permanente en el Atlántico y Río de la Plata; y Chile en el océano Pacífico.

Para realzar el significado de los Pactos de Mayo, el gobierno argentino envió a Chile una misión presidida por el teniente general Luís María Campos, ministro de guerra. Esta designación nuestra, una vez mas, el tacto y sagacidad de Roca en el simbolismo de los actos, Enviaba en una misión de paz, a un héroe de los campos de batalla; a un guerrero, para festejar un tratado de limitación de armamentos.

A fin de cumplir el convenio, el 9 de Enero de 1903, Drago firmó en Buenos Aires con el representante de Chile, un acuerdo para vender en el mas breve plazo posible los buques en construcción en Italia y Gran Bretaña. En caso de no ser posible, los buques se terminarían pero de modo alguno podrían ser incorporados a las respectivas escuadras.

Si en cumplimiento de sus obligaciones militares Roca intervino en operaciones de guerra, como Jefe de Gobierno ansió la paz entre las naciones, aunque no estuviera en conflicto la República Argentina. Con motivo de la guerra del Pacífico que envolvió a Chile, Perú y Bolivia, dijo ante el Congreso: El Poder Ejecutivo, como el país entero, ha contemplado con el dolor mas profundo el horrible drama del Pacífico, la ruina de dos repúblicas hermanas y el ancho abismo que la guerra ha venido a cavar entre dos pueblos que salieron del mismo origen y que en vez de despedazarse debieron aunar sus esfuerzos a favor de su mutuo engrandecimiento”.

En 1882 agregaría: “La sangre no puede correr siempre; la humanidad y la civilización exigen imperiosamente que se atemperen los males de la guerra”. De ahí que intentara, una mediación conjunta con Brasil, que suspendió cuando tuvo noticia de que intervenía el gobierno de Washington.

La paz llegó a ser su obsesión, y la buscó por medio de tratados, acuerdos, viajes y actos bilaterales.- En 1900 señaló al Congreso sus propósitos diciendo: “Con la íntima persuasión de que la conservación de la paz debe ser el objetivo principal de la política exterior de la República, he celebrado con varias naciones los tratados de arbitraje”.

Para afianzar las buenas relaciones entre las naciones hermanas fue a Brasil en Agosto de 1899 y recibió en 1902 la visita de Campos Salles. Volvió al gran país vecino en 1907 y en San Pablo, expresó la famosa frase que sería repetida por otro gran argentino: “Nada nos divide y todos nos aproxima”.

Señores:

Hacen hoy cincuenta años justos, que frente al féretro del ex-presidente fallecido desfilaron los niños de la escuela que lleva su nombre, como homenaje a quien donara el terreno de su edificio. Yo fui uno de ellos y vuelve a mi recuerdo en este instante, la serenidad de su rostro ilustre, dormido para la eternidad. Jamás pensé, que medio siglo después, tenería el privilegio de hablar de su obra excelsa, Menos, que podría darle la respuesta a sus palabras, cuando se retiró de la vida pública. “Volveré dentro de poco a la vida privada -dijo- con la conciencia tranquila, seguro de no haber faltado a mis deberes a sabiendas; me retiraré llevando la mas profunda gratitud hacia mis colaboradores y hacia todos los ciudadanos que me han sostenido y estimulado con su apoyo, o sus consejos en los momentos difíciles, creyendo que debido a ese concurso he contribuido en algo al afianzamiento de las instituciones, a aumentar el dominio del Estado, a consolidar la paz interna y externa sin menoscabo del honor nacional. Se a que atenerme respecto al juicio de la hora presente sobre el fallo de los contemporáneos y esperaré sin inquietud el fallo del día siguiente, mas justo e imparcial, o menos acerbo y mas tolerante con las flaquezas humanas a que están sujetos los hombres públicos de todos los países y de todos los tiempos”.

En la quietud del más allá. Puede estar tranquilo: fallo de la Historia lo proclama como uno de los inmortales de la República Argentina.

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Actos de homenaje a roca en el 104 aniversario de su fallecimiento.

ROCA A TRAVÉS DE LAS MARCHAS MILITARES. Lugar: Círculo Militar, Santa Fe 750. Fecha 18 de setiembre. Hora:18.30. Ejecución: Banda del Colegio Militar de la Nación y Coro del Círculo Militar.

CONFERENCIA SOBRE EL 120 ANIVERSARIO DE LA SEGUNDA PRESIDENCIA DE ROCA. Lugar: Legislatura Porteña, Salón Montevideo, Perú 160. Fecha: 9 de octubre. Hora: 18.00. Expositor: Dr. Rosendo Fraga y Lucas Calzoni.

CONFERENCIA SOBRE ROCA EN EL ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Lugar: Archivo General de la Nación, Leandro N. Alem 246. Fecha; 17 de octubre. Hora: 17.00 Expositores: Dr. Rosendo Fraga y Nicolás Pasaman.

OFRENDA FLORAL E HIMNO NACIONAL FRENTE AL MONUMENTO A ROCA. Lugar: monumento a Roca en Diagonal Sur y Defensa. Fecha: 19 de octubre. Hora: 07.30.

HOMENAJE A ROCA FRENTE A SU TUMBA EN LA RECOLETA. Lugar Bóveda de la familia Roca en el Cementerio de la Recoleta. Fecha 19 de octubre. Hora: 11.00. Orador: Ricardo Balestra.

CONFERENCIA SOBRE ROCA EN SU ANIVERSARIO. Lugar: Museo Roca, Vicente López 2220. Hora 19.00.  Fecha 19 de octubre. Orador: Ministro de Educación, Ciencia y Cultura, Eduardo Finochiaro

ROCA A 120 AÑOS DE LA PRESIDENCIA REFORMISTA. Lugar: Jockey Club, Cerrito 1446. Fecha: 24 de octubre. Hora: 19.00. Expositor: Dr. Rosendo Fraga.

ROCA A TRAVÉS DE LAS MARCHAS MILITARES. Lugar: Legislatura de la Provincia de Buenos Aires, Anexo de la Cámara de Senadores, calle 7 esquina 49. Fecha: 26 de octubre. Hora 19.00. Ejecuta: Banda Paso de los Andes y Coro del Regimiento 7 de Infantería Mecanizado “Coronel Conde”.

FECHAS A DETERMINAR:

COLOCACIÓN DE OFRENDA FLORAL EN EL MONUMENTO A LA CAMPAÑA DEL DESIERTO. Organización: Comando de la Brigada de Infantería de Montaña VI y filial Neuquén del Instituto Roca.  Lugar: dicho monumento en Choele-Choel, Neuquén.

ACTO A ROCA EN LA ESCUELA QUE LLEVA SU NOMBRE. Lugar: Escuela Presidente Roca, Libertad (CABA).

ACTO A ROCA. Lugar: salón Pasos Perdidos de la Cámara de Diputados de la Nación.

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