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OPINIÓN

OPINIÓN: Un trascendente apretón de manos, por Eduardo A. Roca

Nov-26-14 – por Eduardo A. Roca

Quizás deliberadamente, para no empañar lo sugestivo del encuentro, tanto los gobiernos de ambos países como los medios omitieron dos circunstancias importantes entre aquellas que caracterizaron la “cumbre” presidencial de febrero de 1899, siempre recordada como el “abrazo del estrecho” que, como todos saben, fue solo una sencilla, pero positiva “dada” de manos entre Federico Errazuriz y Julio A. Roca, personajes históricos más bien sobrios en su comportamiento. Me refiero, por un lado, a la rigurosa voluntad de conseguir la paz con Chile demostrada por quienes organizaron nuestro país y, por otro, al hecho de que el episodio, por importante que fue, no cerró el proceso. Fue, en cambio, una manera de urgirlo. Notoriamente, el final consistió en el acuerdo diplomático instrumentado dos años después en los Tratados firmados el 28 de mayo de 1902.

Los datos que serán expuestos en la breve memoria que sigue, fueron recopilados para el acto recordatorio que apropiadamente organizó el Instituto de Cultura Argentino Chileno, presidido por el Embajador José María Alvarez de Toledo, en octubre del año pasado, impedido por diferentes pero insalvables obstáculos personales de dos de los tres expositores: Don Hernán Felipe Errazuriz y yo; sólo quedó indemne Hernando Campos Menendez, el tercero. Me ha parecido útil hacerlos conocer por intermedio de Archivos del Presente[1].

I.) Empecemos por la segunda circunstancia omitida: las vicisitudes posteriores al “abrazo”.

A pesar del brillo del encuentro, las relaciones siguieron ásperas llegando, como en 1978, al borde de la guerra. La causa más grave de la nueva fase del conflicto estaba al norte: la puna de Atacama. Su dominio era disputado no sólo por Chile y la Argentina sino también por Bolivia que, después de perder la guerra con Chile, había cedido en 1898 sus derechos a la Argentina en tratado no reconocido por Chile, ocupante militar de la región.

Está claro que ambos presidentes Errazuriz y Roca, motivados, por una decisión firme de conciliación, buscaron entenderse directamente, superando la adversa opinión pública de ambas naciones; tan fuerte era que se manifestaba en la oposición de funcionarios de sus gobiernos; el embajador argentino en Chile, Norberto Piñero renunció y el Diego Barros Arana, el perito chileno por excelencia, quedó distanciado de Errazuriz. Los presidentes convinieron en solicitar la gestión amistosa de los EEUU, representada en los ministros (hasta principio de siglo no eran frecuentes las designaciones de embajadores) Henry L. Wilson en Santiago y William I. Buchanan en Buenos Aires. Este último gozaba de un gran prestigio en América del Sur como conocedor de sus problemas y de su gente: algo así como un Luis Einaudi de hoy. Después de que una comisión binacional no pudo encontrar solución, Buchanan fue designado árbitro tercero en Febrero de 1899; es decir, al tiempo del “abrazo”; los árbitros de parte fueron el Sr. Enrique Mac Iver por Chile y por la parte argentina, nada menos que José Evaristo Uriburu, que acababa de dejar la Presidencia de la República. En la forma expeditiva, práctica, que describe Harold F. Petersen en su indispensable “Argentine and The United States 1810-1960” [2], en Marzo de 1899 los árbitros, siguiendo a Buchanan, delinearon el laudo que fijó definitivamente los límites. La fracción menor adjudicada a Chile fue adherida a su provincia de Antofagasta; con la que nos correspondió se formó la desaparecida gobernación de Los Andes.

Pero también en el Sur habían dificultades. Todo el año 1901 transcurrió sin que se hallaran solución a nuevos incidentes de ocupación que llevaron la tensión internacional a su máxima gravedad [3] comprometiendo seriamente la situación financiera de las dos repúblicas [4]. En Chile agitaba la cuestión un ex representante diplomático en Buenos Aires, Joaquín Walker Martínez. En la Argentina, Estanislao Zeballos, Indalecio Gomez, Roque Sáenz Peña, Victorino de la Plaza, entre muchos otros, juzgaban desacertada la gestión “coronada finalmente por el arbitraje, el desarme y la paz”, según palabras de Ferrari.

Llegó así la movilización y la ruptura de relaciones. El punto álgido se coloca en la Navidad del año 1901, episodio narrado por uno de los protagonistas, el Ministro de Guerra, el entonces Coronel Pablo Ricchieri. A solas con Roca, en su casa de la calle San Martín, le requirió iniciar el despliegue, fundado en que había desaparecido toda posibilidad de conciliación y que ya había sido transmitida al gobierno de Chile la interrupción de las negociaciones con la consecuente exaltación de la opinión pública. El Presidente se negó “porque tengo el presentimiento – dijo – (que) después de la viva escena que he tenido anoche con el Ministro de Chile… su gobierno solicitará la reanudación de las relaciones” [5]. Al día siguiente, en episodio que narra Armando Braun Menendez en su Historia de la Segunda Presidencia, el Ministro Carlos Concha Subercaseaux concurrió a la casa de gobierno con el mensaje del nuevo presidente Germán Riesco, sucesor de Errazuriz, fallecido inesperadamente anunciando haber dispuesto superar los obstáculos que impedían la negociación; al observar en los antedespachos los mapas desplegados en las mesas de trabajo, exclamó: ”Es hora de enrollarlos”.

Como el objeto de esta colaboración está centrado en el encuentro de Punta Arenas, creo que basta el recuerdo de este intenso curso posterior de la relación para no perder de vista que aquel no fue el acto final, sino más bien un gesto vinculante, dramático, teatral, producido conscientemente por dos hombres de estado decididos a lograr la paz, aceptando ponerse de frente a una opinión tenaz y asumiendo cada uno la crítica provocada las inevitables concesiones de toda transacción [6].

II.) Tiene uno que admirar al grupo de próceres que tuvo la visión clara de que la paz con Chile era también uno de los elementos de nuestra nacionalidad: es suficiente citar a Bartolomé Mitre, Bernardo de Irigoyen, Carlos Pellegrini y a Roca, entre muchos. Concentrémonos en el último, porque fue él protagonista del encuentro.

No podría reconstruir con precisión la preparación del Presidente argentino en el problema. Tuvo diversos destinos entre nuestras zonas andinas, pero uno debe partir de su Comandancia en Río IV, después del triunfo en Santa Rosa contra el Gral. Arredondo. Las circunstancias lo colocaron, físicamente, en el medio de la grave cuestión argentina de la ocupación real de su territorio. Se hizo cargo en 1875 hasta diciembre de 1977, cuando Avellaneda lo nombró Ministro de Guerra en reemplazo de Adolfo Alsina. En cuanto a la relación con Chile, la percepción argentina de aquellos años era de que todo el sistema económico pampeano estaba dominado por tribus indígenas depredadoras que se apoyaban en el sur Chileno que abastecían con el producido de los malones. Roca en sus informes, calculaba que en épocas normales y, sin grandes invasiones, la cifra de ganado robado y vendido a Chile ascendía a las 40.000 cabezas anuales [7]. Un distinguido abogado, Jorge L. Rojas Lagarde ha publicado trabajos que describen las características del gran malón del año 1876 y, con más interés para este recuerdo, el “modus vivendi” en la frontera durante la campaña de 1878, dando a conocer la correspondencia entre los jefes militares, especialmente la del entonces Cnel. Olaoscoaga y su contraparte chilena, el general Cornelio Saavedra, nieto de nuestro prócer [8]. Según sus referencias, era muy clara la idea de que existía un límite definitivo entre ambos países, noción compartida y acatada por los oficiales y funcionarios de ambos lados, solo que la configuración del terreno montañoso cruzado de valles hacía difícil precisarlo en las situaciones concretas. Precisamente por eso, las ordenes estrictas, algunas de ellas emanadas del propio Ministro de Guerra, eran de minimizar esos inconvenientes, aún cuando a veces las circunstancias comprometían al ejército porque la imprecisión de la frontera permitía a los indios cruzarla, reagruparse y volver a aparecer por otro lado.

Durante este período, sucedieron cosas fundamentales que enmarcan para siempre la importancia de la reunión de Punta Arenas. Una es que, la nación rechazó la tentación de aprovechar la guerra del Pacífico para enfrentarse a un hipotético Chile debilitado y cumplir al mismo tiempo con deberes de amistad con el Perú. La decisión dejó una nota frustrante en nuestros sentimientos y fue un precio que es preciso computar como costo de la paz con Chile. Otra se centra en un episodio menor pero que, por lógica, debió impresionar la dirigencia argentina. En octubre de 1878 (Roca era ministro desde 1877) un buque de guerra de Chile apresó la barca norteamericana Devonshire, que cargaba granos en una caleta denominada Monte León, con licencia de autoridades argentinas. Fue muy fuerte la reacción pública. Avellaneda y Roca ordenaron alistar la escuadra y salir a la mar con el propósito de posesionarse de ambas márgenes del Río Santa Cruz, instrucción que fue cumplida por el Comodoro Py en noviembre. A su vez el gobierno chileno, recientemente reforzado con buques blindados, recibió órdenes de trasladarse al estrecho, lo cual anunciaba un conflicto mayor y de resultado desagradable. Felizmente, los chilenos ya próximos a iniciar la guerra del Pacífico prefirieron evitar el incidente [9]. Lo claro era que ellos tenían escuadra de mar con la que pronto derrotarían a Perú y que la nuestra era una modesta de río. Desde ese momento, la necesidad de remontar la flota quedó clara a nuestros hombres de gobierno.

Después de la Campaña al Desierto y la federalización de Buenos Aires, Roca llegó a la Presidencia. No corresponde extenderse sobre hechos anteriores al encuentro del Estrecho, ocurrido diecisiete años después, pero un brevísimo repaso de los esfuerzos que se habían hecho antes es indispensable para comprender el acontecimiento que hoy estamos recordando.

Hasta su primera presidencia, el único instrumento reconocido por ambos países había sido un tratado de 1855 concertado por el gobierno de Santiago con el de la Confederación con sede en Paraná, durante el período de la separación de Buenos Aires. Era eminentemente práctico; ambos gobiernos reconocían como límites de sus respectivos territorios los que poseían a la época de su independencia y aplazaban y sometían las cuestiones suscitadas o a suscitarse a discusiones pacíficas que, sino llegasen a un acuerdo, serían encomendadas al arbitraje de una nación amiga.

Es conocido que la dirigencia argentina, representada fundamentalmente por Mitre decidió no incorporar a nuestros problemas los del Pacífico, de manera que de hecho quedó configurado el cuadro: Chile en aquel mar, nosotros en el Atlántico. También de hecho, Chile que ya desde la época de los españoles estaba cerca del Estrecho, la única vía Atlántico Pacífico, lo había ocupado mediante la fundación de Punta Arenas, provocando nada más que protestas formales de la Cancillería Argentina en los tiempos de Rosas. Este acuerdo de 1855 era, pues, una suerte de reconocimiento general de las cosas y sin agregar ni quitar nada a la otra parte, ambas naciones se abrieron a la posibilidad de convivir bajo un paraguas, como se usa decir ahora.

Durante la presidencia de Avellaneda a la cual estuvo tan vinculado Roca, se da un enorme paso adelante. En 1877, dos próceres de nuestras respectivas naciones estructuraron un Tratado que sirvió de modelo para el básico de 1881. Concertaron el primero, por el lado de Chile, Diego Barros Arana, ministro de su país en Buenos Aires y por el nuestro, Bernardo de Irigoyen, canciller de Avellaneda. El año anterior se había producido un conflicto peligroso, el la barca francesa Jeanne Amelie que demostraba lo riesgoso de la indefinida situación. El acuerdo Irigoyen – Barros Arana no llegó a ser ratificado pero, repito, sus bases por lógicas y ecuánimes enriquecieron a las dos Repúblicas y formalizadas en el Tratado de 1881 subsisten hasta el presente.

Otro dato importantísimo que debemos tener presente es que el 5 de abril de 1879, Chile había declarado la guerra a Perú y Bolivia. Avellaneda y Roca empeñados ya en la conquista del desierto, tuvieron que enfrentar una fuerte corriente de opinión de tono agresivo contra Chile, favorable a Perú y Bolivia, que se expresaba en el Congreso y en el diario “La Prensa”, cuyo director era precisamente Estanislao Zeballos, terrible crítico de un posible acuerdo. Vale la pena mencionar que en esa postura estaban también hombres como Felix Frías, que había representado a la Argentina en Chile durante los seis años de Sarmiento, Pedro Goyena y José Manuel Estrada.

En ese cuadro, asumió Roca el 12 de octubre de 1880. Eran claras sus ideas sobre Chile formadas, como mencioné recién, en la comandancia de Río IV, como Ministro de Guerra y responsable de la campaña al desierto y también del envío al Sur de la modesta flota cuando el caso Devonshire. Las expresó en un reportaje periodístico que mereció la transcripción “in extenso” en el libro capital sobre el período, que agrupa los trabajos compilados por Gustavo Ferrari y Ezequiel Gallo, “La Argentina del Ochenta al Centenario”, varias veces mencionado aquí [10].

Empezó por designar como Ministro de RR.EE. a Bernardo de Irigoyen, autor del tratado de 1877, no ratificado. Presidente de Chile lo era Don Aníbal Pinto. El día 15 de noviembre de 1880 se inicia un interesantísimo ejercicio diplomático promovido por los Ministros de los EEUU en ambas capitales que, no siendo parientes, llevaban el mismo nombre y apellido Thomas A. Osborne, en Santiago, y Thomas O. Osborne en Bs. As.. Tomaron como base el tratado de Irigoyen – Barros Arana [11]. En julio de 1881, a menos de un año de iniciar Roca su período el Tratado quedó firmado. El 11 de octubre el Congreso lo aprobó como ley 1.116 y una semana después el Congreso de Chile, con un nuevo presidente, Don Domingo Santamaría, recién elegido.

En ambos lados, el acuerdo fue objeto de críticas vigorosas. También hay que anotar que firmada la paz entre Perú y Chile en 1883, fue lento el ritmo de las tareas de marcación que el Tratado exigía; hasta hoy cada nación imputa la demora a la otra. Sólo siete años después, siendo Juarez Celman presidente fueron concertadas las normas a que los países debían someterse para la delimitación. Las suscribieron Demetrio Lastarría, ministro de RREE de Chile y José Evaristo Uriburu, representante Argentino en Santiago. Corresponde esta mención de nombres, por cuanto Uriburu, como vicepresidente que completó el período de Luis Saenz Peña, realizó un gobierno de acción conjunta con Roca que presidía el Senado, cuyo principal objetivo fue remontar la Marina, poniéndola a la par de la chilena por primera vez. Uriburu designado Ministro en Chile por Roca en su primer período permaneció nueve años en el cargo. Es un deber subrayar la calidad de los hombres que fueron interviniendo en forma directa: Bernardo de Irigoyen, José Evaristo Uriburu, Norberto Quirno Costa que lo reemplazó en Santiago y luego fue vicepresidente de Roca.

Pero la opinión pública en ambas naciones estaba alterada y apoyaba un equipamiento en los dos campos: el militar y el naval, con importantísimas adquisiciones en Europa. En realidad, se vivió una imposible carrera armamentista. El mismo Roca actuó personalmente para cerrar las operaciones de compra de acorazados en Italia, en la reforma de la Constitución de 1898 para la creación del Ministerio de Marina y para obtener la extensión del ferrocarril a Neuquén. Fue por esa época la actuación de la legendaria Misión de Compra del Coronel Richieri, que marcó una cumbre de honestidad no olvidada y pocas veces igualada.

III.) De ese modo, nos acercamos a las circunstancias de Punta Arenas. Julio Argentino Roca, a los 54 años de edad asumió por segunda vez la máxima magistratura nacional en octubre de 1998. Con su elección no podía ser más clara la voluntad de la nación argentina de llegar a normalizar sus relaciones con su discutidor hermano de los Andes, sobre las bases históricas del tratado de 1877, formalizado en 1881. No olvidemos que la Argentina había entrado en un proceso inmigratorio que estaba constituyéndola en una nación moderna. Tenía sentido interrumpirlo o defraudar a quienes ya estaban instalados y espantar a los que pensaban venir, iniciando una guerra prolongada y empobrecedora para todo el mundo ? Es evidente que el sector llamado progresista veía claro que ello no tenía sentido aún cuando fuera necesario estar preparado para la contingencia peor; tanto más cuanto que esa preparación era en si misma un argumento de persuasión.

Es impresionante la sucesión vertiginosa de los pasos que dieron ambos gobiernos. En noviembre, los presidentes Francisco Errazuriz Echaurren y Julio A. Roca buscaron en forma directa la firma del acuerdo para el problema de la Puna, lo cual – como señalé antes – provocó la renuncia de los dos diplomáticos a cargo del problema. En enero de 1899 se hizo entrega al Gobierno Británico de las actas de todos los desacuerdos ocurridos en la demarcación de límites para su laudo. [12]

Sin prejuicio de ello, nuestro presidente que ya estaba decidido recorrer los territorios patagónicos, abiertos por su expedición de 1978, sugirió por intermedio de un personaje legendario, Don Matías Errazuriz, encargado de negocios de Chile, casado con otra personalidad, la porteña Josefina Alvear, la posibilidad del encuentro en Punta Arenas o en cualquier otro punto de la región austral que se eligiere en territorio chileno, para obviar al presidente Errazuriz el permiso de salida de su Congreso.

Es muy interesante observar ciertos rasgos comunes en los dos hombres de estado: su seguridad. Mientras Errazuriz era miembro nato de la ordenada y aristocrática república chilena de aquel entonces, hijo de presidente y dueño de fundos históricos [13]; Roca, hijo de familia provinciana, patricia pero pobre había ganado lugar semejante en la desordenada y más democrática República Argentina que recién empezaba a crecer; era ya propietario de estancias que empezaban a ser históricas; ambos de habla corta y socarrona. Aceptaron, se advierte ahora, la difícil responsabilidad de ser los padres del acuerdo, que llevaría como dije antes, repitiendo a Gustavo Ferrari, al acuerdo, al desarme y a la paz.

IV.) Como el relato del viaje y la descripción del encuentro quedaron a cargo del Ing. Campos Menendez en la organización del frustrado acto que proyectó al Embajador Alvarez de Toledo, me parece apropiado ahora respetar esos límites. Sin perjuicio de ello, remito al lector, si es que Campos Menendez no publica sus notas, al excelente relato de Alejandro Maveroff [14] que, con el agregado de alguna socarronería de origen cordobés, es la base de la narración que Felix Luna pone en boca del general, en su memorable “Soy Roca”.

Según todas las referencias, los presidentes hablaron a solas solo veinte minutos. Seguramente ratificaron la seguridad de su recíproca cooperación para terminar la discusión sobre la Puna, poner en ejecución el Tratado de 1881 y convenir uno nuevo para acabar con todos los problemas y terminar con la carrera armamentista. Lo demás resultó una gran y justificada fiesta.

En suma, el viaje a Punta Arenas fue un acto de gobierno audaz pero muy reflexionado. Por un lado, quedó exteriorizada como acto inicial el interés nacional en la Patagonia, visitándola el Presidente personalmente, y demostrando así ante propios y extraños tanto el dominio argentino sobre el territorio como – con la entrevista – su voluntad sincera de negociar. Pero, por otro lado, igualmente importante, dejó claro que la marina de Chile ya no estaba sola en los mares del sur; marinos argentinos tan avezados y buques tan modernos como los chilenos eran capaces de navegar aun por los mas recónditos canales del estrecho.

Precisamente, respecto de esto último, Roca puso su astuta rúbrica en el desarrollo del encuentro comandado por el Ministro de Marina, Comodoro Rivadavia. La flota, cuando zarpó de Ushuaia, en lugar de buscar por el este la entrada del Canal de Magallanes, navegó hacia el oeste por entre los canales fueguinos y el día convenido llegó si a Punta Arenas, pero por el lado del Pacífico y no, como era esperado, por el del Atlántico. La “zorrería” se entiende mejor siguiéndola en el mapa que ilustra el artículo de Maverof.

NOTAS:

[1] Esta explicación procura atenuar las explicables sospechas de parcialidad personal, originadas por estar comprendido en las generales de la ley; mi tío abuelo Agustín Roca era hermano menor del presidente Roca. Para compensar, he utilizado las fuentes mínimas que iré mencionando para dar, así, alguna apariencia de objetividad.
[2] Editado por University of New York, 1964; hay traducción de EUDEBA.
[3] Gustavo Ferrari, “Estanislao S. Zeballos”, CARI, sin fecha, pág. 43; ver también del mismo historiador “Conflictos y Paz con Chile, 1898-1963”, Eudeba, 1970, el libro más completo y lúcido sobre el período.
[4] Ver “Ernesto Tornquist”, un trabajo de Fernando Madero compilado en la notable “Argentina del Ochenta al Centenario” efectuada por Gustavo Ferrari y Ezequiel Gallo, Editorial Sudamericana, 1980; en La Nación del 29 de junio de 1908, editado luego en folleto, Alberto del Solar dio testimonio de los contactos que por su intermedio logró el Sr. Tornquist entre ambos presidentes para facilitar las gestiones favorables de las casas Baring y Rothshild, alarmadas por la debilidad económica de los dos países.
[5] Rosendo Fraga, “Roca y Chile”, Editorial Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, 1996, págs. 72/75.
[6] A propósito de otra negociación histórica, el “Pacto” Roca–Runciman he escrito: … es fácil decir que una negociación conduce a la mejor solución de un conflicto: cada uno cede algo pero las partes salvan lo sustancial. Pero, en la práctica latina nadie quiere perder nada porque cree que todo le corresponde: ceder es regalar o, peor, ser estafado. No hay mucho margen para construir una base que otorgue a los intervinientes posiciones que satisfagan sus aspiraciones básicas y posibles. Por eso los negociadores juegan un rol esencial: deben dominar el conjunto de la operación, distinguir los intereses principales de los secundarios y en qué medida pueden intercambiarse concesiones (esto por aquello y viceversa); tienen que complotar con su contraparte en la secuencia de las proposiciones, procurando confrontar a sus respectivos representados con los aspectos principales sólo después de haber despejado los detalles que más les fastidiaban. Lo principal es que no deben perder su autoridad frente a quienes representan para, en algún momento, imponérseles si su actitud es irrazonable. Por ejemplo, no transmitiendo una propuesta por considerar de entrada que será inaceptable por los suyos o por los contrarios según el caso, o abandonar la gestión si ella no conduce a nada o, peor, al desastre. Pero la tarea exige una dedicación total y condiciones no frecuentes de paciencia, energía, imaginación, persuasión y reserva. Se llega a un acuerdo sólo cuando la negociación tiene padres. Está claro que Roca (Julito) asumió ese rol y lo pagó porque la criatura, aunque tuvo vida larga y, según algunos, útil, fue repudiada por varios sectores de la opinión política o ideológica.” Julio Argentino Roca (h), CARI, 1995, pág. 66
[7] Para una objetiva apreciación del problema y de la percepción que se tenía de los propósitos chilenos, ver “Consolidación de la Frontera Argentina, a Fin de la Década del ´70 Los Indios, Roca y los Ferrocarriles”, Colin M. Lewis y “Tierras, Agricultura y Ganadería” de Roberto Cortés Conde en la citada compilación de trabajos de Ferrari y Gallo, “La Argentina del Ochenta al Centenario”.
[8] “Incidentes fronterizos con Chile durante la guerra contra el Indio”, Edic. del autor Rojas Lagarde, 1997
[9] “Presidencia de Avellaneda”, Carlos Heras, en Historia de las Presidencias, Academia Nacional de la Historia, El Ateneo, 1963, Tomo 1, Pág. 229
[10] También reproducido en “Grandes Entrevistas de la Historia Argentina, 1879-1988”, compiladas por Sylvia Saítla y Luis Alberto Romero Aguilar, 1998, pág. 25.
[11] Felipe A. de la Balze ha señalado recientemente que, a pesar de la idea extendida de una “desconfianza” tradicional entre los EE.UU. y la Argentina, “en el ámbito de la política bilateral, hubo durante la mayor parte del período (1866-1940) una amplia cooperación”. “La Política Exterior en Tres Tiempos” en “Argentina y EEUU – Fundamento de una Nueva Alianza”, CARI – ABRA, 1997. Son importantes en ese sentido, los datos que aporta Luis Santiago Sanz en “Política Exterior Durante la Presidencia de Pellegrini”, Jockey Club, 1996, págs. 98 en adelante.
[12] Dato aportado por Carlos Ibarguren en “La Historia que he Vivido”, Peuser, 1955, pág. 138.
[13] Su personalidad y el punto de vista chileno del momento han sido descriptos por Jaime Eyzaguirre en “Chile – Durante el Gobierno de Errazuriz Echaurren 1896-1901”, Editorial Zigzag, Santiago, 1957.
[14] “Roca en el Beagle” en “Todo es Historia”, N° 129. Rosendo Fraga en su exhaustivo trabajo citado en la nota 5, también refiere con precisión el proceso del encuentro.
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Actos de homenaje a roca en el 104 aniversario de su fallecimiento.

ROCA A TRAVÉS DE LAS MARCHAS MILITARES. Lugar: Círculo Militar, Santa Fe 750. Fecha 18 de setiembre. Hora:18.30. Ejecución: Banda del Colegio Militar de la Nación y Coro del Círculo Militar.

CONFERENCIA SOBRE EL 120 ANIVERSARIO DE LA SEGUNDA PRESIDENCIA DE ROCA. Lugar: Legislatura Porteña, Salón Montevideo, Perú 160. Fecha: 9 de octubre. Hora: 18.00. Expositor: Dr. Rosendo Fraga y Lucas Calzoni.

CONFERENCIA SOBRE ROCA EN EL ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Lugar: Archivo General de la Nación, Leandro N. Alem 246. Fecha; 17 de octubre. Hora: 17.00 Expositores: Dr. Rosendo Fraga y Nicolás Pasaman.

OFRENDA FLORAL E HIMNO NACIONAL FRENTE AL MONUMENTO A ROCA. Lugar: monumento a Roca en Diagonal Sur y Defensa. Fecha: 19 de octubre. Hora: 07.30.

HOMENAJE A ROCA FRENTE A SU TUMBA EN LA RECOLETA. Lugar Bóveda de la familia Roca en el Cementerio de la Recoleta. Fecha 19 de octubre. Hora: 11.00. Orador: Ricardo Balestra.

CONFERENCIA SOBRE ROCA EN SU ANIVERSARIO. Lugar: Museo Roca, Vicente López 2220. Hora 19.00.  Fecha 19 de octubre. Orador: Ministro de Educación, Ciencia y Cultura, Eduardo Finochiaro

ROCA A 120 AÑOS DE LA PRESIDENCIA REFORMISTA. Lugar: Jockey Club, Cerrito 1446. Fecha: 24 de octubre. Hora: 19.00. Expositor: Dr. Rosendo Fraga.

ROCA A TRAVÉS DE LAS MARCHAS MILITARES. Lugar: Legislatura de la Provincia de Buenos Aires, Anexo de la Cámara de Senadores, calle 7 esquina 49. Fecha: 26 de octubre. Hora 19.00. Ejecuta: Banda Paso de los Andes y Coro del Regimiento 7 de Infantería Mecanizado “Coronel Conde”.

FECHAS A DETERMINAR:

COLOCACIÓN DE OFRENDA FLORAL EN EL MONUMENTO A LA CAMPAÑA DEL DESIERTO. Organización: Comando de la Brigada de Infantería de Montaña VI y filial Neuquén del Instituto Roca.  Lugar: dicho monumento en Choele-Choel, Neuquén.

ACTO A ROCA EN LA ESCUELA QUE LLEVA SU NOMBRE. Lugar: Escuela Presidente Roca, Libertad (CABA).

ACTO A ROCA. Lugar: salón Pasos Perdidos de la Cámara de Diputados de la Nación.

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